Gabás, Luz – Entrevista

Después de vivir un año en la localidad de San Luis Obispo, California, estudió en Zaragoza, licenciándose en Filología Inglesa y obtuvo más tarde la plaza de profesora titular de escuela universitaria. Durante muchos años ha compaginado su docencia con otras actividades relacionadas como la traducción, publicación de artículos, investigación literaria y lingüística, así como la participación en proyectos culturales, teatrales y de cine. Desde el año 2007 reside en Anciles, junto a la villa de Benasque, de la que ha sido alcaldesa hasta mayo de 2015. Publicó su primera novela, Palmeras en la nieve, en 2012. En 2014 publicó Regreso a tu piel.​ Posteriormente publicó en 2017 Como fuego en el hielo.

Entrevista realizada por Begoña Curiel para ELD:

-¿Cuándo, por qué empieza a escribir Luz Gabás? Es un proceso asentado por suma de factores, un deseo perseguido y conseguido…

Me gusta escribir desde niña. Me encantaba preparar las redacciones de clase y de los concursos del colegio. Escribía un diario casi todos los días y lo hice durante años. Las asignaturas de lengua, literatura e idiomas eran mis favoritas. Luego estudié Filología Inglesa en la Universidad. Mi vida ha estado siempre manchada de tinta. A veces soñaba con ser escritora a nivel profesional, pero hasta la madurez no encontré el momento idóneo para planteármelo en serio. Entonces surgió Palmeras en la nieve.

–Hielo, piel, fuego, nieve… Palabras que aparecen repartidas en sus títulos. ¿Cómo es de determinante el título en una obra? ¿Es de esos escritores que lo tiene preparado antes de empezar una novela?

El título es la novela condensada. Es importante para mí tenerlo antes de comenzar la novela para no perder de vista nunca ese primer pálpito. Es posible algún ajuste al final, pero la idea es la misma. Por ejemplo, en el caso de Regreso a tu piel, tenía el concepto de regreso, pero el título completo surgió solo al finalizar un capítulo de la novela.

–Hasta que la historia no está documentada y diseñada, ¿no se sienta a escribir? Sus personajes y la trama, ¿tienen flexibilidad para moverse sobre la marcha pese a la planificación? ¿Alguna vez ha sentido que un personaje se le escapaba, que no podía mover sus hilos como cuentan otros autores?

Comienzo a escribir cuando tengo los personajes perfilados y la historia trabada. De este modo, por las noches visualizo escenas, y veo y escucho a los personajes, como si fuera una película. En este sentido, no siento que se me escape ningún personaje, pero sí es cierto que van evolucionando según avanza la trama, y a veces se enfrentan a situaciones no previstas al inicio porque es imposible tenerlo absolutamente todo en la cabeza.

–Cómo lleva la fase de reescritura y correcciones hasta que obtiene el producto final.

A mí es la fase que más me gusta y de la que disfruto. Cuesta mucho escribir el primer manuscrito, pero una vez terminado se establece un diálogo de revisión y pulido muy ameno y necesario. Corrijo mucho, hasta que no me molesta ni una sola palabra.

–¿Rituales, manías, costumbres a la hora de sentarse a escribir?

Un cuaderno nuevo especial al comienzo de cada novela para los apuntes diarios durante el proceso de redacción, varios lapiceros y el sacapuntas eléctrico en funcionamiento. Nadie puede ni acercarse a mi mesa durante los meses de escritura.

–La crítica y sus lectores han destacado siempre el cuidado y el rigor de la ambientación en sus novelas. Tiene que ser una tremenda satisfacción recibir el aplauso del trabajo bien hecho.

La gran mayoría de lectores son personas amables que saben valorar el esfuerzo, que encuentran siempre algo bueno en sus lecturas y disfrutan compartiéndolo. Me siento satisfecha de haber conseguido conmover, enseñar o entretener a tantas personas. Sin lectores, no habría escritores. La escritura es un acto de comunicación. Escribir en el vacío a mí me dejaría insatisfecha.

–La novela romántica tiende a asociarse al color rosa y las pertinentes connotaciones peyorativas. En sus entrevistas compruebo que debe defenderse de este tipo de etiquetas facilonas porque el amor aparece en sus trabajos. ¿Siente que es injusto o inadecuada esta manera tan simple de catalogar los géneros?

En casi todas las novelas y películas hay amor, y no por ello todas se consideran románticas. Por otra parte, hay novelas románticas que son maravillosas. Las etiquetas suelen ser útiles por cuestiones comerciales. En mi caso, digo abiertamente que es una pena que se nos hayan olvidado todos los significados de la palabra romántico menos el de rosa. Porque lo romántico es el derroche de pasiones o, como decía Goethe, lo enfermizo. Rubén Darío se preguntaba: “¿Quién que es no es romántico?” Somos descendientes culturales y políticos del romanticismo. Y mis tres novelas hasta la fecha beben de muchas fuentes del romanticismo y son románticas.

–¿Se ve en el futuro experimentando en otros tipos de temáticas o género?

Sí, pero con amor.

–¿Qué libro ha releído más veces en su vida? ¿O no es de releer?

Cumbres Borrascosas (un clásico) y La luz entre los océanos, de M.L.Stedman (actual). Estas dos novelas me gustan cada vez que las leo. Releo clásicos para ver si mi interpretación del texto ha cambiado con los años y porque se olvidan muchas cosas que conviene refrescar. En el caso de ensayos, el que he leído varias veces es El miedo en Occidente de Jean Delumeau.

–¿Qué lecturas le gustan aunque no tengan relación con el tipo de historias que usted trabaja?

De todo un poco. Me gusta mucho la filosofía y la psicología. Me gusta leer ensayos sobre estudios culturales y sociológicos. En cuanto a novelas y narrativa, alterno géneros para no cansarme. Quizás la que más me cuesta es la literatura de fantasía. En realidad, todo tiene que ver y está relacionado. Nuestra comprensión del mundo depende también de lo que leemos. Como decía un romántico alemán, Ludwig Tieck, estamos hechos de literatura.

–¿Qué libro o libros recomendaría a un joven que aún no se ha estrenado en la lectura? ¿Y a un adulto?

Historia del rey transparente, de Rosa Montero y Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Creo que ambos libros gustarían tanto al joven como al adulto. La literatura no entiende de edades. Yo a los catorce años leía a H.P. Lovecraft y a Boris Vian.

–He leído que el comentario que más agradece de un lector es que afirme que su obra, una escena, un personaje, le ha conmovido. ¿Busca normalmente causar esta reacción o alguna vez ha sucedido, y no lo buscaba?

Me complace que me lo digan porque significa que las palabras han conseguido provocar en el lector una reacción que yo buscaba al escribir una escena clave. Cuesta mucho conseguir el tono deseado; que un lector reconozca que se ha conmovido significa mucho porque es realmente difícil traducir sensaciones, pálpitos y emociones en palabras.

–¿Recuerda alguna frase o comentario de algún lector que le haya conmovido a usted relacionado con sus novelas?

Un señor mayor me envió una carta tras su lectura de Palmeras en la nieve. Había vivido la experiencia guineana y me escribió: “Gracias por haberme hecho sentir joven de nuevo”. Cuando repito la frase todavía se me pone el vello de punta.

–¿Hasta qué punto son positivas –si considera que lo son– las malas críticas a un escritor?

Las malas críticas nunca son positivas. Las críticas constructivas, sí. Jamás me escucharán hablar en términos despectivos de un libro, con el esfuerzo que hay detrás de su escritura. Siempre habrá un aspecto que se pueda valorar más positivamente que otro, dependiendo del gusto y del momento. Toda lectura es un acto de interpretación por parte del lector, sin duda, pero la subjetividad, que nunca es la verdad absoluta, puede y debería ser expresada siempre de manera amable y no destructiva.

–Es la pregunta típica pero muchos lectores esperan tener algún dato de la nueva historia que pueda tener entre manos. ¿Nos podría avanzar algo?

Lo siento. Me pone muy nerviosa hablar de las novelas antes de que existan. De hecho, ni mis familiares ni mis amigos íntimos saben en qué estoy ahora.

–¿A qué escritores admira tanto españoles como extranjeros? ¿Tiene algún favorito por encima de todos?

La lista es larga y variada, pues incluiría a muchos ingleses y americanos románticos y góticos del siglo XIX. Unos ejemplos de extranjeros de estilos muy diferentes: Enmanuel Carrére, Amin Maalouf, Jo Nesbo, Ken Follet, Goliarda Sapienza y Rebeca Gablé. Y unos ejemplos de españoles, también muy diferentes: Julio Llamazares, Antonio Muñoz Molina, Víctor del Árbol, Eva García Sáenz de Urturi, Rosa Montero, Marcos Chicot, Santiago Posteguillo, Rosario Raro, Gonzalo Giner y Javier Sierra. Y por encima de todos, William Shakespeare, siempre.

–¿Cree que se lee tan poco en nuestro país como afirman las estadísticas?

El mundo editorial no se detiene; hay muchos clubes de lectura y eventos literarios por toda la geografía española; abundan los blogs de literatura… Creo que sí se lee. Para mí el problema está en cómo conseguir que los más jóvenes aprendan a desengancharse de sus dispositivos electrónicos para sumergirse en un libro. Este es el gran reto —dificilísimo— que tenemos los padres y educadores.

–¿Qué espera de su futuro como escritora?

Que esta gran oportunidad que tengo de seguir leyendo, estudiando, aprendiendo y compartiendo no termine nunca.

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