Frankenstein – Mary Shelley

Reseña realizada por Tati Jurado:

La necesidad de descifrar nuestro origen y nuestra naturaleza es tan añeja como imperecedera. Una andanza que nos sumerge en el torbellino de unos interrogantes que nos impelen a hallar respuestas. Piezas y más piezas de un puzle que nos afanamos, que necesitamos armar para entender, para conocer y también para asimilar lo que nos revelan esas incógnitas existenciales: dónde, cómo, cuándo, por qué, quién. Un empeño, una obsesión que muchas veces termina velando la certeza de que si bien el conocimiento es importante, vital, tanto más es lo que hagamos con él.

Esta idea es tal vez la más relevante en el libro de Mary Shelley: la transcendencia sobre el uso del conocimiento. El deseo de contribuir al progreso humano a través de la ciencia propició un cambio en los últimos años del siglo XVIII. El comienzo de un viaje que la escritora supo proyectar a través de las vivencias de Víctor Frankenstein. Un estudiante de medicina, un devoto de la ciencia que deseoso de dar con el elixir de la existencia, se aventuró a ejercer de creador y después no supo qué hacer con su creación.

La novela, de estructura epistolar, comienza con la voz de Robert Walton. A través de las cartas que le escribe a su hermana, donde le revela las experiencias, inquietudes y desazones que vive por seguir firme en su decisión de convertirse en el artífice de una ruta que permita llegar al Polo Norte cueste lo que cueste, conoceremos la historia de Víctor Frankenstein. Una historia con dos versiones: la del joven y la de su creación.

La pasión, la inquietud de conocimiento y de descubrimiento marcan el inicio del periplo de Frankenstein. La necesidad de saber de dónde provenía el principio de la vida lo sumió en las más profundas investigaciones y estudios. Unas que quiso poner en práctica dando rienda suelta a la voluntad cegadora de suplantar a Dios y que culminaron en la creación de una criatura cuyas enormes proporciones y apariencia monstruosa despertaron su rechazo en cuanto ésta abrió los ojos. El repudio y posterior abandono a la criatura darán comienzo a una historia donde el miedo, el sufrimiento y la soledad terminan signando el destino del creador y de la creación.

El remordimiento por haberse dejado llevar por un sentimiento de omnipotencia sellará la existencia de Frankenstein. Un sentimiento que la criatura, a la que ni siquiera le dieron nombre, se encargará de convertir en martirio. Abandonada a su suerte, tendrá que aprender a subsistir en un medio que desconoce y en el que no es bien recibida por su aspecto grotesco. Las necesidades de ésta, en un principio únicamente físicas, comenzarán a desarrollar una carga emocional cuando toma contacto, de forma subversiva, con una familia. Un encuentro que marcará un antes y un después en la criatura que empezará a cuestionarse el destino que le ha impuesto el joven científico, su creador.

Frankenstein es una historia que obliga a cuestionarse las consecuencias de la falta de dominio del ego, de la arrogancia humana. Pero sobre todo es una historia que manifiesta que la soledad impuesta, la falta de amor, de comprensión y de empatía sumergen en un tormento al ser humano. Uno que condiciona el comportamiento, uno en el que la bondad termina derrotada por la hostilidad.

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