Ezequiel – Adolfo Gilaberte

La editorial Mármara nos presenta Ezequiel, la primera novela del autor madrileño Adolfo Gilaberte (Madrid, 1971). En ella se nos relata, con una cuidada prosa, la vida del protagonista, un hombre al que las circunstancias han convertido en isla y al que le van desapareciendo los pocos puentes que le ligan a la humanidad.

La historia está compuesta por distintas escenas de la vida de Ezequiel contadas de forma no lineal, lo que permite al lector no solo componer la historia por suma de momentos sino ir variando su percepción de lo anterior o posterior en el tiempo a la luz de la interpretación que le aportan las nuevas escenas. Esta técnica permite al autor modular la tensión de la historia y tras momentos muy duros, introducir ciertas dosis de humor o lirismo para cambiar el ánimo del lector a modo de oleadas.

Ezequiel es una historia sobre la pérdida y la culpa, sobre la incomunicación que producen el miedo y los traumas; sobre la herencia del carácter. Ezequiel proviene de una familia donde todos huyen o se esconden de los problemas, donde los sucesos, por muy horribles que sean, se normalizan, se obvian. Ezequiel necesita seguridad y cariño, pero no lo encuentra en su padre ni en su hermana pequeña, ni siquiera en su abuela. Todos viven, pero no conviven, pasan sin rozarse apenas. Este es el mundo de Ezequiel hasta que aparece Ana y comienza a hacerse un hueco en él, a intentar llegar hasta el centro.

Este característico comportamiento de los personajes que parecen molestarse profundamente unos a otros (o, en el mejor de los casos, soportarse) hace que el mundo que rodea a Ezequiel tenga un carácter fantasmal, difuso y amenazante. Un mundo que solo se concreta y se vuelve real cuando está con Ana. Ocurre lo mismo con los demás personajes, que nos aportan una sensación parecida a los de las novelas de Murakami. Son caracteres que vemos de forma oblicua, la mayor parte de las veces definidos por sus excentricidades. El autor lo logra a través del juego entre las situaciones extrañas en lugares cotidianos y las situaciones cotidianas en lugares extraños, lo que hace que los personajes sean misteriosos e inaprensibles.

Como sucede muchas veces en la vida, la gran fortaleza de la novela puede ser a su vez quizá la única pega, y es que el carácter fragmentario y difuso que sirve al autor para definir al protagonista deja los hechos demasiado abiertos a interpretaciones del lector. Con todo, el de Adolfo Gilaberte es, sin duda alguna, un buen debut.

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