El último catón – Matilde Asensi

Reseña realizada por la autora Begoña Curiel:

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Menudo trabajo de documentación. Espectacular “El último catón” de Matilde Asensi. Sólo por eso, merece un monumento, porque hay que recopilar, ordenar y darle un ritmo narrativo -excelente en este caso- a esta historia de lucha de religiones que nos cuenta Asensi a través de su trío de protagonistas.

La principal, también la narradora, Ottavia Salina, es una monja, paleóloga que trabaja en el archivo secreto del Vaticano, que un día se encuentra con un extraño encargo: investigar la procedencia de escarificaciones, una especie de marcas, encontradas en el cadáver de un ciudadano etíope. Con el arqueológo Farag y un duro Kaspar, capitán de la Guardia Suiza, se adentrará en una maraña de peligrosas aventuras, con el acompañamiento bajo el brazo, de la obra de Dante Alighieri -que les servirá para aclarar pistas escondidas, que en ocasiones, salvan sus vidas- y en las que descubrirán los secretos de la secta religiosa de los staurofílakes, que a lo largo de los siglos va traspasando su mandato a través de su “Papa”: es la figura del catón que da título a la obra, que como cabeza representativa de su grupo llevará como bandera -y hasta la muerte- la custodia de la Vera Cruz, la cruz en la que murió Jesús. Por cierto, que la autora ha tenido que aclarar ya en más de una ocasión que los staurofílakes son un invento: que-no-existen. Fíjense, lo bien “que nos lo ha contado”.

A lo largo del camino, Asensi nos ilustrará con una extensa divulgación de conocimientos en las que encontraremos las oscuras verdades de los jerifaltes del Vaticano y la Iglesia en general.

De paso, haremos turismo porque con las pruebas en las que se ven envueltos los protagonistas viajarán de un lado a otro de manera frenética. En momentos puntuales he llegado a sentir el cansancio físico de los “concursantes” que sufren y disfrutan a la vez de su particular gymkhana.

Es sin duda, una novela de aventuras, también histórica, de viajes, en el presente y al pasado… Un compendio de ingredientes que a veces cansa, pero que nutre de saber al que se engancha con su lectura. He tenido momentos de ese “enganche”, sí, pero debo reconocer que he recaído en algunos tramos en los que la proliferación de datos abruma y agota, y en los que las situaciones límite, dejan de excitar debido a su repetición.   

El final tiene un toque “rosa” que contrasta, e incluso chirría, con la profundidad de la que puede alardear la historia. Tampoco me convence la ingenuidad que caracteriza a la monja protagonista con respecto a su familia -que resulta ser auténtico ente mafioso-, porque sinceramente, es poco creíble. Una cosa es estar ciega y otra, ignorar tanto la realidad a pesar de la mínima inteligencia que se le presupone a la protagonista, pintada en la parte final, como una adolescente un tanto… básica.

Pese a todos los peros que se le pudieran poner, en todo caso, insisto: la labor previa de investigación y documentación justificaría ya, la mayor parte del éxito que a lo largo del tiempo ha cosechado “El último catón”.