El sueño del celta – Mario Vargas Llosa

9788420406824

 

 

 

 

 

SELECCIÓN DE TEXTOS

Nunca fui muy religioso, ya se lo dije. Desde que murió mi madre, la religión fue para mí algo mecánico y secundario. Solo después de 1903, de ese viaje de 3 meses y 10 días al interior del Congo que le conté, volví a rezar. Cuando creí que iba a perder la razón ante tanto sufrimiento. Así descubrí que un ser humano no puede vivir sin creer.

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Pese a estar tan lejos, pensó una vez más Roger Casement, el Congo y la Amazonía estaban unidos por un cordón umbilical. Los horrores se repetían, con mínimas variantes, inspirados por el lucro, pecado original que acompaña al ser humano desde su nacimiento, secreto inspirador de sus infinitas maldades ¿O había algo más? ¿Había ganado el diablo la eterna contienda?

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¿Era ésa la cara, la mente, el retorcimiento viperino del pecado original? En una de sus conversaciones con Edmund D. Morel, cuando ambos se preguntaban cómo era posible que gentes que habían recibido una educación cristiana, cultas y civilizadas, perpetraran y fueran cómplices de esos crímenes espantosos que ambos habían documentado en el Congo, Roger dijo: “Cuando se agotan las explicaciones históricas, sociológicas, psicológicas, culturales, queda todavía un vasto campo en la tiniebla para llegar a la raíz de la maldad de los seres humanos, Bulldog. Si lo quieres entender, hay un solo camino: dejar de razonar y acudir a la religión: eso es el pecado original”. “Esa explicación no explica nada Tiger”. Discutieron mucho rato, sin llegar a conclusión alguna. Morel afirmaba: “Si la razón última de la maldad es el pecado original, entonces no hay solución. Si los hombres estamos hechos para el mal y lo llevamos en el alma, ¿por qué luchar entonces para poner remedio a lo que es irremediable?”

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No es imprescindible ser patriota y nacionalista para ser generoso y valiente.

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En Occidente Roger Casement llegó a tner una idea bastante completa del sistema que hacía funcionar la Peruvian Amazon Company. Tal vez en sus comienzos hubo algún tipo de acuerdo entre los caucheros y las tribus. Pero aquello era ya historia pues, ahora, los indígenas no querían ir a la selva a recoger caucho. Por eso, todo comenzaba con las “correrías” perpetradas por los jefes y sus “muchachos”. No se pagaba salario ni los indígenas veían un solo centavo. Recibían del almacén los instrumentos de la recolección – cuchillos para las incisiones en los árboles, latas para el látex, canastas para acumular las pencas o bolas de caucho -, además de objetos domésticos como semillas, ropa, lámparas y algunos alimentos. Los precios eran determinados por la Compañía, de manera que el indígena siempre estuviera en duda y trabajara el resto de su vida para amortizar lo que debía. Como los jefes no tenían sueldos sino comisiones por el caucho que ruñían en cada estación, sus exigencias para obtener el máximo de látex eran implacables. Cada recogedor se internaba en la selva quince días, dejando a su mujer y sus hijos en calidad de rehenes. Los jefes y “racionales” disponían de ellos a discreción, para el servicio doméstico o para sus apetitos sexuales. Todos tenían verdaderos serrallos – muchas niñas que no habían llegado a la pubertad – que intercambiaban a su capricho, aunque, a veces, por celos, había arreglos de cuentas a balazos y puñaladas. Cada quince días los recogedores volvían a la estación a traer el caucho. Éste era pesado en las balanzas trucadas. Si al cabo de tres meses no completaban los treinta kilos recibían castigos que iban desde latigazos al cepo, corte de orejas y narices, o, en los casos extremos, la tortura y asesinato de la mujer e hijos y del mismo recogedor. Los cadáveres no eran enterrados sino arrastrados al bosque para que se los comieran los animales. Cada tres meses las lanchas y vapores de la Compañía venían en busca del caucho que, entretanto, habían sido ahumado, lavado y talqueado. Los barcos llevaban algunas veces su carga del Putumayo a Iquitos y otras directamente a Manaos para ser exportada de allí a Europa y los Estados Unidos.

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Entre los habituales participantes de las tertulias de Alice, en la nutrida biblioteca de su casa de Grosvenor Road, había nacionalistas irlandeses que eran anglicanos, presbiterianos y católicos. Roger nunca había advertido entre ellos roces ni disputas. Después de aquella observación de Alice, muchas veces se preguntó en aquellos días si su acercamiento al catolicismo era una estricta disposición espiritual y religiosa o, más bien, política, una manera de comprometerse aún más con la opción nacionalista ya que la inmensa mayoría de los independentistas de Irlanda eran católicos.

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Los enemigos de nuestros enemigos son nuestros amigos y Alemania era el rival más caracterizado de Inglaterra. En caso de guerra, una derrota militar de Gran Bretaña abriría una posibilidad única para Irlanda de emanciparse. En esos días, Roger se repitió muchas veces el viejo refrán nacionalista: “ Las desgracias de Inglaterra son las alegrías de Irlanda”.

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Recordaron una discusión, hacía años, en París, sobre símbolos, con Herbert Ward. Éste les había mostrado el vaciado reciente de una de sus esculturas de la que se sentía muy contento: un hechicero africano. En efecto, era una hermosa pieza, que, pese a su carácter realista, mostraba todo lo que había de secreto y misterioso en ese hombre con la cara llena de incisiones, armado de una escoba y de una calavera, consciente de esos poderes que le eran conferidos por las divinidades del bosque, de los arroyos y de las fieras y en quien hombres y mujeres de la tribu confiaban ciegamente para que los salvara de los conjuros, las enfermedades, los miedos y los comunicara con el más allá.

–                     Todos llevamos adentro a uno de estos ancestros – dijo Herbert, señalando al hechicero del bosque que, con los ojos entrecerrados, parecía extasiado en uno de esos sueños en los que lo sumían los conocimientos de yerbas – ¿La prueba? Los símbolos a los que rendimos culto con respeto reverencial. Los escudos, las banderas, las cruces.

Roger y Alice discutieron, alegando que los símbolos no debían ser vistos como anacronismos de la era irracional de la humanidad. Por el contrario, una bandera, por ejemplo, era el símbolo de una comunidad que se sentía solidaria y compartía creencias, convicciones, costumbres, respetando las diferencias y discrepancias individuales que no destruían sino fortalecían el denominador común. Ambos confesaron que ver flamear una bandera republicana de Irlanda siempre los conmovía.

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“En lo referente a Dios hay que creer, no razonar”, decía Herbert. “Si razonas, Dios se esfuma como una bocanada de humo”.

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