El invierno en tu rostro – Carla Montero

Reseña realizada por Begoña Curiel:

Carla Montero me gustó desde “La tabla esmeralda” y por desgracia para los autores, los que nos quedamos prendados con el libro de un escritor tendemos sin querer y sin mala intención a compararlo con los posteriores. Con todos los esfuerzos y trabajo –tremendo– realizado por Carla Montero en “El invierno en tu rostro” y sobre todo el corazón puesto en sus páginas, no hay comparación. La novela se extiende demasiado. Nunca me ha asustado una lectura larga. Siempre y cuando me parezca que está justificado el número de sus páginas. En este caso, le sobran. Y no por ello, deja de ser una novela muy bonita donde el amor es el protagonista. Con sus alegrías y sobre todo, su tristeza. Empiezo con el argumento.

Lena y Guillén. Hermanastros en un pueblo pequeñito donde él es un simple cabrero. No tiene más aspiraciones en la vida salvo que Lena esté a su vera. A ella le ocurre lo mismo. Pero hace falta separarlos para que arranque la novela. Sus caminos –eso que llamamos la vida y la verdad es que… no hay más–, dibujan líneas dispares gracias y desgraciadamente, por la guerra.

No tienen tan claras sus ideologías como su afán por ayudar aunque sea por diferentes veredas. Las circunstancias, personas y lugares condicionan su futuro. Después ellos irán modelándolo. Ella será una enfermera de la División Azul. Él, un republicano que irá colándose en decenas de formatos de lucha que se reciclan junto con la guerra. Lo único que no cambiará para Guillén será su afán de reencontrarse por el mundo con Lena. Un amor imposible en toda regla que ella no siente de la misma manera. Lo que más me gusta y también lo que más me desazona es precisamente ese concepto que atraviesa la novela de principio a fin: el amor que no podrá ser porque nunca coincidirán cuando deben y porque los matices del querer son infinitos.

Pero ese continuo estrujar la idea del amor imposible es muy arriesgado en una obra tan extensa. Por el camino, la narrativa acaba pecando de florida con una Lena bella sobre las bellas, adorada por quienes la adoran además de Guillén, valiente hasta el extremo de la ingenuidad. El toque excesivamente dulzón de esta nube de amor insistente acaba cansando. Le pone demasiado corazón. No tendría por qué ser malo si no fuera por la amplitud de la obra y la rentabilización del sentimiento. Y sin embargo, una crítica no anula los aciertos de “El invierno en tu rostro”.

Carla Montero ha trabajado mucho la documentación. La persecución nazi a los judíos, los excesos delirantes de los bandos con la excusa de las guerras, la proliferación de partidos, facciones, grupúsculos, la complejidad de concretar quién es quién por la amplitud de los grises bélicos, se desparraman por estas páginas. Ha abarcado tanto, tanto, tanto, que el ritmo se ralentiza. Son demasiados hechos, contextos, situaciones, personajes… Algunos además, incluidos de manera forzada. No por ello dejan de ser interesantes. Es más, algunos merecerían por qué no, una historia independiente.

Da la impresión de que durante el proceso de documentación ha encontrado filones maravillosos que ha sido incapaz de dejar en el tintero. Comprendo que sea frustrante abandonar lo que emociona (cuesta tanto…) pero eso se ha vuelto en su contra. Porque hace más denso el meollo, ya de por sí intenso. Esta cuestión ha sido más acusada en el personaje de Guillén porque navega en ríos –por mucho que le guíe su buena voluntad y la coherencia ideológica– con muchos afluentes. Algunos de ellos, complejos, difíciles de concretar como las malditas guerras que acaban implicando a personas con ideas claras y rectas hasta forzarlas a lo que nunca quisieron.

Y aunque parezca contradictorio es esta última idea lo que más gusta de la novela. La idea de que <es blanco y negro. De que las riendas no siempre están en nuestras manos. De que no sabemos cuál es nuestro lugar en el mundo. Menos si la guerra se cruza por medio. Y a Lena y Guillén les atropella, les dispara desde distintas trincheras, están en medio de las balas reales y metafóricas, son a veces títeres de los bandos, de tantos bandos… La perseverancia de ambos protagonista es digna de admiración. He disfrutado mucho de su autenticidad, pero he sufrido mucho la ingenuidad que a veces va unida a dicha autenticidad.

Lena y Guillén son puntos de una misma goma elástica. Carla Montero los une, los separa, los separa, los reúne y mientras, los lectores cogemos la maleta una y otra vez. Eso me chifla. Más si el contexto histórico es real. Aún más, si también desfilan personajes igual de reales. Amor e historia hacen de contrapeso y a la vez de complemento en esta novela con mucho corazón. No solo el de sus protagonistas, sino el de la propia autora.

No es solo que se note, es que lo confirma en el apéndice final titulado «Basado en hechos y personajes reales». Asegura que esta obra se ha cocinado a fuego lento, a base de recuerdos y recopilación de datos e historias de su propia familia, intentando conectar un enorme puzle. Y ese tremendo esfuerzo que merece aplausos puede ser el defecto de este invierno que aporta frío y calor a partes iguales.

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