El fuego invisible – Javier Sierra

Reseña realizada por Begoña Curiel:

Como investigación de los eternos enigmas, leyendas y teorías sobre el Santo Grial esta lectura tiene justificación. Pero como novela, “El fuego invisible”, no funciona porque el trabajo de construcción de personajes y ritmo narrativo es tan escaso que el producto final cojea.

Inicialmente la trama propuesta, promete. Invita a un paseo apasionante incluso si entre tus inquietudes no se encuentra la búsqueda de respuestas a las incógnitas que rodean al Santo Grial. Javier Sierra expone un nudo encadenado de hipótesis y misterios sobre la enigmática “copa”, que como comprobarán los lectores, puede que no sea tal. De hecho, lo que más me atrajo fue la asociación de ideas entre el intrigante objeto y el origen de la inspiración como concepto global, o sea, esas musas que pululan por ahí y que no sabemos bien cómo funcionan por mucho que hablemos de ellas.

Ahí es donde Javier Sierra me atrajo. Pero la búsqueda que plantea no está bien acompañada: los personajes son flojos; su escritura es correcta pero carece de brillo como muchos de sus diálogos; abusa de una ingente cantidad de información –por muy bien documentada que esté– que resulta extenuante aunque sea didáctica y profundamente interesantes. Atraen los primeros pasos de esta aventura por la magia de lugares y objetos que enamoran con cada piedra y dibujo. Pero el enamoramiento se estanca. No prende con fuerza la pluma que sería necesaria para que nadie se baje del carro. Si no siento esas ganas irrefrenables de coger un libro (el que tenga entre manos) en cuanto las obligaciones me dejan un rato, algo va mal. Y eso, ocurrió desde el principio. Un autor como Javier Sierra merece las oportunidades que no he dado a otros escritores. Por eso no me desanimé. Pero sé de sobra cuando ya he leído páginas de más. Conozco ese desencanto que hace chasquear la lengua a un lector esperanzado.

Se me ha hecho un viaje largo el del insulso protagonista de “El fuego invisible”, David Salas, lingüista del Trinity College de Dublín. Se desplaza a España por una tarea que nunca realizará porque el Santo Grial le mantendrá ocupado toda la novela. Una vieja amiga de su abuelo (ya fallecido), Victoria Goodman –el personaje más interesante incluidas sus excentricidades– y su ayudante Pau, una historiadora de arte –protagonista tan plana como el propio David– llevarán supuestamente engañado –hasta esta argucia argumental resulta infantil– al lingüista a unas reuniones de carácter literario, que lógicamente no se ciñen tan solo a esta función. En esos encuentros hay un desaparecido. Él, será la cuerda que tira Javier Sierra para enredarnos.

David Salas se meterá de cabeza para encontrar respuestas sobre el interminable mito del Grial. Cogí esa cuerda. Sierra es un investigador serio. Me da igual que sea el famoso cáliz (o no) o una temática requetetocada o sobre la que «se han escrito muchas cosas». Pero si no es una materia que me interese especialmente espero que me lo cuenten bien, de forma atractiva, para no soltarme de la cuerda que me tienden. Esa es una de las claves de una buena historia: la forma. Por eso es… ¿increíble/decepcionante/sorprendente?, que esta obra haya obtenido el premio Planeta ¡de novela!

Otro tipo de galardón podría haber justificado este honor. El de novela, con todos mis respetos, no.

Este libro tiene ciertamente mucho de fuego: alimenta las ganas, promete calor, intensidad, intriga, pero se queda en conato. No encontré la novela a a lo largo de 467 páginas. Me iba emocionando con la conexión metafórica entre Grial e inspiración y aguanté a trompicones la desesperanza, la invisible emoción que esperaba que llegaría. Porque ante todo, además de aprender, estar en lugares que desearía conocer, internarme en vidas ajenas, curiosear en hechos y emociones, aspiro como lectora a disfrutar. Eso, no ha ocurrido. Y créanme, ha sido todo un bajón. Sobre todo teniendo en cuenta que Javier Sierra es un excelente comunicador. Admiro su apasionamiento con las temáticas que domina, el rigor de sus trabajos, pero… yo quería una novela. O al menos, lo que yo entiendo por ese concepto, por muy amplio que pueda ser su abanico de posibilidades.

Facebooktwittergoogle_pluspinterestmailFacebooktwittergoogle_pluspinterestmail