El día que se perdió la cordura – Javier Castillo

Reseña realizada por Begoña Curiel:

En estado de shock te deja el arranque protagonizado por un hombre que camina desnudo agarrando en su mano la cabeza de una joven. El segundo shock es la suma de desaciertos de una novela donde un pistoletazo de salida de estas características necesita de una buena defensa narrativa posterior para situarse a la misma altura del comienzo. Pero el producto después cae en picado. Por eso no entiendo cómo la editorial que captó al autor por su triunfo en plataformas digitales no se molestara en un mínimo trabajo de corrección ortotipográfica y de estilo.

Siento profundamente también el principio de esta reseña porque estoy segura de que el autor habrá trabajado duro como todo aquel que pretende crear. Más cuando estamos hablando de su estreno como novelista aunque esta pérdida de locura ya tiene su segunda parte con una pérdida de amor.

El «decapitador» espera visitas en su celda del centro psiquiátrico al que ha sido trasladado. Serán las de su director y un agente del FBI. El lector será testigo de entrevistas con el asesino loco (¿loco?, ¿asesino?, ¿las dos cosas?), una investigación y el desvarío generalizado que llevará hasta hechos ocurridos años atrás en Salt Lake. Es la localidad ficticia creada por Javier Castillo para buscar conexiones y posibles respuestas al gran número de dudas.

La presentación de la historia en capítulos breves facilita el ritmo galopante de hechos y recuerdos. La historia genera suspense pero descubrí demasiado pronto que estaba desconcertada y no sabía por qué. Es normal –y delicioso además– que te pierdas cuando el autor juega a la intriga, es lógico que dudes, que barajes hipótesis ante los hechos presentados. Pero… no me encajaban demasiadas cosas. De hecho, cada vez menos según iba pasando páginas.

Dudaba demasiado a menudo sobre la voz narrativa, preguntándome continuamente «¿quién está hablando ahora, quién me lo cuenta?». Debía pararme cuando el autor estaba apretando el acelerador, ofreciendo personajes que decepcionan prometen y con los que vuelves a fruncir el ceño como con los hechos puestos en escena. Por ejemplo, ¿el «decapitador» es un paciente o un prisionero tal y como se le llama en la novela? El director del centro de tratamiento psiquiátrico donde es internado el susodicho es psicólogo pero no hay referencias a su plantilla de psiquiatras.

Otro ejemplo de esas incoherencias – para las que no puede ponerse siempre como excusa esa locura global que parece impregnarlo todo– es la escasa templanza de la agente del FBI. Vamos, nada más y nada menos que una investigadora de perfiles a la que se le presupone entereza y resolución para desarrollar un trabajo de estas características.

No creo que haya que ser psiquiatra ni agente policial para comprobar que la labor de documentación brilla por su ausencia. Otra cosa es ese pueblo imaginado. Aquí podría tener un pase la ambientación del mismo, la generación de sensaciones digamos… de vellito de punta que sí parece haber trabajado mejor el autor. No obstante, en paralelo transcurre ese ritmo frenético y sucesión de hechos confusos que trastocan el desarrollo que esperaba. El final también enmudece, no tanto por la sorpresa que causa como por la brevedad con la que todo se ventila.

Hasta en las referencias cinéfilas y literarias hay cosas que chirrían, a través de comentarios hechos por los personajes, que en ocasiones resultan un poco pueriles. Lo mismo que chirrían las situaciones forzadas al límite, casi peliculeras que no acabas de creerte. Por mucho, muchísimo que aquí se pierda la locura.

Pero sin duda, lo más decepcionante –como señalaba al principio– son esas tildes que no existen, esas miles de comas sobrantes, palabras metidas con calzador en frases y expresiones sin venir a cuento Aún no puedo entender que una editorial seria no tenga la elegancia de limpiar lo sobrante y evitar las carencias. Desconozco si en las posteriores ediciones –que no son pocas– se ha mejorado pero flaco favor le hace al autor publicando esta primera. Por mucho que venda como rosquillas.

Creo que las ideas de Javier Castillo son buenas. No pretendo desmerecerlas. Para nada. Sé que tiene que estar en una nube con el éxito de ventas. Pero el entretenimiento nunca debiera anular unos mínimos básicos de calidad que me gusta pedir como lectora.

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