El cuento de la criada – Margaret Atwood

Reseña realizada por Begoña Curiel:

Da igual su nombre porque las mujeres del mundo imaginado por Margaret Atwood son vasijas para engendrar niños. Al menos, las Criadas, uno de los subgrupos en los que se divide este crudo universo junto a las Tías, Marthas y Esposas. Puesto que la procreación es el eje sobre el que gira la denominada República de Gilead, nos encontraremos también con las No Mujeres que acabarán en las Colonias, ese siniestro lugar donde verán su final las que no sirven para la maternidad.

  Los hombres han ideado este esquema dictatorial donde religión y política entierran cualquier resquicio de libertad bajo la apisonadora de la represión más absoluta. Y aun así, Margaret Atwood encontrará una rendija de esperanza a través de la Criada de este terrorífico cuento: Defred. No es un nombre sino la suma de la preposición «de» y el de su Comandante, Fred, su dueño y encargado de fecundarla a través de rituales perfectamente diseñados.

  Cada grupo tiene su función en este montaje maquiavélico del que solo se puede salir a través del pensamiento. El lector será testigo de la libertad que resiste en el cerebro cuando la opresión rige el modus vivendi de los moradores de este desconcierto.

  Con el relato de Defred nos adentraremos en la cuadriculada organización de su día a día –y del resto de la población–, donde la violencia combina lo explícito y lo sutil para aleccionar –también hay mujeres dedicadas a esta labor, por supuesto. El enemigo está en casa– a cualquiera que piense que es posible escapar de las redes que todo lo envuelven.

  Defred nos hará sufrir porque en la medida de sus posibilidades sorteará el sometimiento impuesto por una vigilancia permanente hacia todo y todos los que se muevan y sientan diferente. Ella es el peligro y por tanto la esperanza de las mujeres y su mundo, que –aunque no lo parezca– se cuela entre los huecos y fallos que cualquier sistema tiene aunque pretenda negarlo. La prepotencia es peligrosa para quien la ejerce porque es incapaz de pensar en su propio fracaso y menos, si está en manos de sus súbditos.

  ¿Es un mundo tan imaginario? ¿Cabe la posibilidad de que ya exista o pueda existir? Margaret Atwood ideaba este cuento en los años ochenta del pasado siglo. Toda una visionaria. Desgraciadamente a lo largo y ancho del globo terráqueo hay sobrados ejemplos de mujeres sometidas en cuerpo y alma con un recurso tan simple como el de la vestimenta al igual que en esta angustiosa República. ¿Qué son si no, los burkas? A las Criadas de esta historia se les limita su campo de visión con la indumentaria; una desasosegante metáfora que emula las ropas que deben vestir las mujeres en algunos regímenes de corte islámico. Atwood anticipaba lo que ya conocemos. Por eso, esta invención resulta tan lúcida como aterradora.

  Para soportar esta locura, entre la rebeldía y la supervivencia, nuestra Criada aún no ha perdido la capacidad de recordar cómo era antes, la libertad que conoció en forma de hechos, situaciones y personas. Es capaz hasta de disfrutar con esos pensamientos e incluso mucho más… Todo un alarde de revolución ya que, muchas de las mujeres de Gilead, han sucumbido sumisas al lavado de cerebro que ejercen con saña las dictaduras del miedo.

  “El cuento de la criada” es un relato duro pero necesario. A diario olvidamos lo efímeras que son nuestras alegrías porque ni tan siquiera las valoramos; convencidos de que los derechos se mantienen por inercia. Por eso ocurre la especie humana repite errores y desmanes y con estos últimos, los pasos hacia atrás.

  Después nos echamos las manos a la cabeza pero la apatía es un mal tan extendido como repetido a lo largo de los tiempos. No estamos libres de ninguna República de Gilead o cualquier sistema que se le parezca por mucho que alardeemos –sobre todo la clase política– de ser tan civilizados. No es un mensaje alarmista. Es la cruda realidad que no se ve o no se quiere ver cuando cruzamos los brazos para justificar la resignación.

  “El cuento de la criada” es una lectura aconsejable pero ante todo, una acertada advertencia que nos espolea para que no nos durmamos en los laureles.

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