El Astur – Vera Murillo, Manuel

Cuando os vi por primera vez, don Víctor, alto, rubio, con vuestro jubón de brocado, resiguiendo el mandoble con la piedra de amolar, pensé que erais la reencarnación del Cid. Fue hace más de dos años, durante el torneo que se celebró en aquella remota dehesa castellana. Vos ibais a participar y yo, que por entonces era solo un infante, fui llevado a vuestra tienda para serviros como escudero.

¿Quieres calzar la espuela, muchacho? —me preguntasteis.

Más que nada —os respondí.

¿Y por ventura tienes nombre?

Sí, disculpadme, señor, mi nombre es Adrián.

Bien, Adrián, tienes cara de ser un mozo espabilado. Seguro que serás un buen escudero. Antes de nada, debemos ir al pabellón del heraldo para apuntarme a las justas.

Sí, señor.

Salimos de la tienda y me quedé contemplando la bajada de la dehesa, donde la hierba verdeaba. Había decenas de pabellones hexagonales, de colores vivos, y en cada uno de sus postes centrales pendían estandartes. De camino a la tienda del heraldo, os recuerdo soslayando las miradas, amarillas de envida, que os arrojaban otros caballeros. En el fondo, los comprendía.

Cuando llegamos, os levanté la lona, y vos me precedisteis hacia el interior.

¿Nombre? —El heraldo escribía a pluma en un pergamino, encorvado sobre la mesa y sacando la lengua.

Don Víctor de Valdemar, el Astur.

Entonces, el hombrecillo levantó la nariz del papel, y os tasó con la mirada.

Bien. —Señaló el pequeño saco de arpillera que descansaba sobre un tablero jaquelado y añadió—: Sacad una piedra.

Vos os acercasteis, extrajisteis una cuenta pintada de rojo, y se la mostrasteis al heraldo. Cuando él vio el color, se le escapó una risita irónica.

Mañana entrareis en liza contra don Raimundo de Santalla, el Labrador. —Percibí cierto temblor en vuestra mandíbula cuando revelaron el nombre. Imaginaciones mías, seguramente—. Lo importante es participar, don Víctor.

Gracias, señor.

Tan pronto como dejamos atrás la tienda, os pregunté:

¿Conocéis al adversario que os ha tocado?

Sí.

¿Y cómo es?

Grande como un titán. Es un veterano de Navarra, de linaje solariego. Nunca me en batido contra él, pero lo he visto justar en varias ocasiones.

¿Gana las justas?

Casi siempre, pero brega sin honor.

Me quedé pensativo.

Aun así, ¿no es mejor ganar que perder, don Víctor?

Vos os detuvisteis, os agachasteis y me alborotasteis el pelo.

Adrián, el honor es el deber hecho poesía, y el deber se ha de cumplir. Siempre sale más a cuenta ser honorable que malvado.

Reflexioné.

¿Por qué decís eso?

Vos os elevasteis despacio y me respondisteis:

Un canalla solo puede rodearse de canallas.

El sol resplandecía inmisericorde sobre el patio del torneo. Yo os armé, os puse la cota de mallas y sobre ella el gambax. Luego os ajusté las grebas, el peto y el casco empenachado. Cuando todo estuvo listo, os seguí hasta el palenque, donde esperaba vuestro alazán de guerra, maneado y blindado con lorigas de acero.

Al otro lado de la liza estaba don Raimundo, que vestía un escrocón burdeos sobre la armadura de esmalte turquí, y un yelmo en cuya cimera se representaba un toro. Se encaramaba sobre un inmenso semental hito, tan negro que se confundía con su propia sombra. A nuestro alrededor, la multitud jaleaba en las tribunas.

Suerte —os deseé.

Vos me dedicasteis esa sonrisa agarbada, antes de bajar la visera del casco. Me pedisteis la lanza roma y el escudo, y os dispusisteis en vuestro lado de la valla. Yo me coloqué detrás del palenque y aguardé con expectación.

Unos segundos después, sonó el cuerno y picasteis la espuelas. Los casos del corcel levantaron una estela de polvo al galope. La montura azabache de don Raimundo acometía con furia. Ambos os acercasteis, alargando las lanzas en ristre como aguijones despuntados. La vuestra apuntaba hacia arriba, la suya hacia abajo. Pensaba que lo ibais a descabalgar, pero entonces, don Raimundo acertó una lanzada en el ojo de vuestro caballo. El alazán piafó y se encabritó, caísteis y os golpeasteis la cabeza contra la valla. Quedasteis inconsciente.

La multitud, lejos de compadecerse, prorrumpió en una salva de vítores y aplausos. Don Raimundo arrojó su yelmo al suelo, triunfante, descabalgó y, con una soga, ató vuestros escarpes a la barda de su semental. Después se montó de nuevo y arrastró vuestro cuerpo por toda la liza, como quien ara el campo. No sabéis cuánto me dolió veros así.

Como manda la tradición, tras vuestra derrota, tuve que pasar al servicio de don Raimundo, quien ni siquiera me permitió despedirme de vos antes de marchar. Todavía estoy a su servicio, pero me he escapado. Cuando me enteré de que habíais caído en batalla, no pude contenerme y quise visitar vuestro sepulcro. Quería despedirme de vos. Quería deciros que sigo teniendo presente vuestras palabras. Que, pese a estar a las órdenes de don Raimundo, no soy ningún canalla.

Quería que supierais que, antes que ser caballero en deshonor, prefiero no ser caballero alguno.

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