Donde fuimos invencibles – María Oruña

Reseña realizada por Begoña Curiel:

Es difícil condensar en una conclusión final la nueva novela de María Oruña, una escritora que me sorprendió desde el principio con su saga de la teniente Valentina Redondo. Inconscientemente tiendo a comparar “Donde fuimos invencibles” con sus dos trabajos anteriores, pero intentaré no hacerlo para valorar esta novela como una pieza independiente.

En esta ocasión la parte policial desciende en protagonismo aunque es el móvil del inicio de la trama. El jardinero del Palacio del Amo aparece muerto y todo apunta a que ha sido un desenlace por causas naturales. Pero como es lógico, las dudas deben existir para que la historia caliente motores.

Hay varias tramas paralelas donde el escenario estrella es el palacio, ubicado en Suances. Me encanta la ambientación en su interior, el punto enigmático del que lo envuelve Oruña, donde su actual propietario, el americano Carlos Green intenta escribir su novela. Si los fantasmas y la investigación policial le dejan, claro.

Es un niño bien que regresa a esta propiedad heredada de su abuela Martha Green (me gusta este personaje aunque ya no esté entre los vivos). Allí pasó algunos veranos de adolescencia y vuelve para pasar página porque la idea es venderla. Pero es imposible agilizar los trámites con tanta vida interior entre sus paredes.

María Oruña manipula este bosquejo de historias como propuesta narrativa claramente entretenida. No hay que asustarse con los extraños fenómenos que pululan en el interior. Para nada. De hecho es una pieza vital en la obra que va cobrando fuerza muy rápidamente durante la lectura.

Para ello Oruña acercará a dos de sus personajes a la trama y al escenario principal: el palacio. Son el profesor Machín y un investigador de fenómenos paranormales Christian Valle. Me encanta cómo mueve los hilos María Oruña para mostrar dos puntos de vista sobre esas cosas que parecen no poder explicarse desde un punto de vista científico. ¿Existen los fantasmas, la gramola del palacio suena sola por una fuerza invisible, por qué algunas luces tienen vida propia? Machín tiene explicaciones objetivas para todo. Enmudecen –más o menos– quienes están convencidos de que la razón no siempre está detrás.

Cada cual con sus juicios y prejuicios llegará a sus propias conclusiones. La autora presenta dos miradas para que elijamos y para ello muestra un importante trabajo de documentación. Es sin duda este debate lo que más me ha hecho disfrutar. Adquiere un peso muy superior con respecto al nudo policial, que a veces, he llegado a olvidar por mucho que Redondo y su equipo estén por ahí trabajando; entrando y saliendo del palacio cada dos por tres.

Por otra parte la investigación procura al lector momentos metaliterarios interesantes: una biblioteca, un club de lectura, el recuerdo de la abuela de Carlos Green que fue una amante de los libros… Son pinceladas que contribuyen a darle color y olor a “Donde fuimos invencibles”. De hecho, no hay que olvidar que Carlos Green, el americano ex-surfista, una especie de pijo que no sabe lo que quiere –porque igual lo tiene todo o casi todo–, trata de escribir su novela entre tanto contratiempo. María Oruña se sirve de sus apuntes para ofrecer el flashback que nos permite conocer su pasado y en especial, lo qué ocurrió en aquellos veranos de juventud de Carlos Green en Suances, entre olas y amoríos.

Pese a que Green es uno de los básicos de la novela no es un personaje que me guste. No llego a creerme su sufrimiento interior; no me parece tan intensa la experiencia vivida en aquel Palacio del Amo, como para que determine el enfermizo apego al edificio, aunque a veces parezca lo contrario. Carlos Green no me convence para nada.

Tampoco la evolución personal de la teniente Redondo, teniendo en cuenta las dos anteriores novelas de María Oruña, “Puerto Escondido” y “Un lugar a donde ir”. Cuesta imaginar–por mucho que haya suavizado la rigidez de su personalidad– que pueda compartir su vida con un personaje como Oliver: hay pasajes donde su presencia y acciones son lamentables; los diálogos con Redondo, infantiles, a veces simplones…

Lógicamente son mis sensaciones. Nada más. La novela engancha a ratos, tiene altibajos, como si careciese de un equilibrio entre tramas en momentos determinados. Aunque es la poca fuerza y credibilidad de los personajes principales lo que más cojea en “Donde fuimos invencibles”. Curiosamente uno de los que más me gustan aunque sea un secundario muy secundario –junto con el profesor Machín– tiene forma de fantasma. ¿O no lo es?

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