Clavícula – Marta Sanz

Reseña realizada por Ramón Sanchis:

“Clavicula”. Editorial Anagrama. 201 páginas. Barcelona, marzo de 2017.
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Marta Sanz, es licenciada en Destrezas lingüísticas y Didáctica de la Literatura. Ha sido profesora de Lengua y Literatura en las carreras de Periodismo, Publicidad y Comunicación Audiovisual en la Universidad Nebrija. Imparte cursos para la formación de profesores, así como Talleres de Lectura y Escritura creativa en varias escuelas y universidades nacionales e Internacionales. Ha colaborado en el Instituto Cervantes. Cuenta entre sus obras con poemarios, novelas, cuentos y trabajos sobre critica literaria. Fue finalista del premio Nadal por su novela “Susana y los viejos”. Ganadora del premio Herralde con su novela “Farándula” y del Ojo Crítico de narrativa por “Los mejores tiempos”.
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Me he adentrado en este libro de Marta Sanz con reverente inquietud. Desde la primera página, he sentido un dolor extraño en mitad del pecho, un desorden galopante en el interior de mi persona, una angustia hostil y un sentido pesar a medida que las páginas morían entre mis dedos. Pero he debido interrumpir la lectura, so pena de creer que voy a morir pronto, de sentirme, como la autora “en el punto de inflexión hacia el declive”. Su dolor es contagioso, extraño e impreciso: “Me come la piel por dentro como traviesos gusanitos aradores de la sarna”, dice.
¿Será un dolor empático? ¿Será un dolor colectivo que se encuentra en el ADN de todo ser humano? “Mis lamentos son umbilicales. Nacen del principio de la vida y de la era de los dinosaurios”, afirma. Lo cierto es que la autora ha sabido inocularme sus fobias, sus miedos, sus neuras de persona inteligente desvalida ante el dolor.
Pero han pasado unos días y he retomado la lectura: ya me siento mejor. No me duele el cuerpo pero aun me hieren las palabras del libro, la desazón de los infinitos horizontes que abren en mi mente, los boquetes que taladra en mi imaginación. Ese mal oscuro e imperfecto que me agobiaba ha remitido; ya no lo siento aquí sino allá; ya no me acosa pero me cerca; ya no se deja ver pero presiento su respiración acechante. Sin embargo, hoy me molesta la sociedad, ese otro cuerpo al que pertenecemos, ese ser descuidado y malherido al que le apesta el aliento. Y me refugio en mi queja contrahecha y herrumbrosa, en mi dolor inexpresable que sigue ahí agazapado y silente, como el de Marta, un dolor punzante bajo una costilla, bajo la clavícula.
No sabría definirlo bien, pues mi mal es un malestar impredecible, taimado y agobiante; un mal que tiene las dimensiones de la existencia. Acaso me molesta lo que otros callan, lo que me roban con sus miradas de silencio y sus juicios sumarísimos. Todos, y digo todos, se ríen a hurtadillas de mis enfermedades. “Quimeras propias de una mente enferma”, me dicen; “patologías” que tan solo infectan el corazón de los hipocondríacos. Pero bien se yo, que mi mal está ahí, escondido en los pliegues de mis tejidos, en el tuétano de mis huesos.
Me siento en total sintonía con la autora. Desde que he leído sus quejas primigenias busco la raíz escondida de mi dolor. Tal vez no me ocurra nada, o tal vez si. Acaso los enfermos sean los otros, los médicos y las enfermeras que escrutan mis órganos con aire displicente y angustiado; esa soledad que tanto me agobia, que me acorrala y confina en mis adentros.
“¿Me estaré muriendo?”, dice la autora. “¿Exagero?” No, yo siento lo mismo.
Todos sentimos, en algún momento, esa angustia vital, ese dolor por nuestra imprecisa existencia, por la sociedad, tan cargada de promesas fallidas, por el amor que se escurre entre los dedos, por el miedo a equivocarnos, a perder el trabajo, a sentirnos excluidos, a la vejez.
Es probable que todo lo que siento sea un andamiaje falso e inconsistente creado por mi psique, un artificio, una estructura etérea y sin fundamentos, pero este libro me confirma que otros sienten lo mismo. Por ello lo recorro con una devota mirada y siento al leerlo, esa amalgama purulenta que es propia de quienes comprenden el mal de otros porque lo padecen y lo rumian en silencio.
Es probable que no me duela nada, o tal vez, que me duela todo, hasta mi yo más recóndito y ausente, la sociedad que me seduce con sus señuelos e ideas enlatadas, los parientes que me entienden y menosprecian a la vez, los amigos que se compadecen de mi mal sin ver sus propias dolencias. Ese dolor indefinido e impreciso, es el dolor del hombre que no distingue ni el mal que le aqueja, dolor del alma, indefinido e insidioso, un dolor que reside bajo las costillas, en el hígado, en los pulmones encharcados, o tal vez, en el corazón, ese atanor que ya no atina a destilar la felicidad.

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