Berta Isla – Javier Marías

Reseña realizada por Begoña Curiel.

Qué difícil este libro. Difícil de crear y desarrollar de manera efectiva. La gestión de las ausencias impuestas sobre las que está prohibido preguntar, se analiza en profundidad en esta novela a través de quien lo sufre. Berta Isla habla en primera persona del misterioso trabajo de su marido, del que sabe cada vez menos.

Esa incertidumbre angustia hasta el final de las 544 páginas convertidas en inmersión hasta el infierno de las secuelas aparejadas a la convivencia con un espía. Muchas novelas y cientos de películas nos cuentan las aventuras y desventuras de estos agentes secretos pero “Berta Isla” nos ofrece el lado más personal de las implicaciones de este oficio.

Desde siempre su novio –después marido de Berta– Tomás Nevinson fue una persona especial, silenciosa. Un español medio inglés, virtuoso de las lenguas y acentos que mientras estudia en Oxford, que los servicios secretos británicos pretenden integrar con calzador entre sus filas. La fórmula deberán descubrirla con la lectura que además de desvelarnos tantos secretos de la profesión sin apenas hablar de ellos –y ese es uno de los valores de esta novela–, nos harán recorrer más de treinta años de historia donde pasaremos por los últimos años de la dictadura de Franco, el poderío de las entretelas del gobierno británico, la guerra de las Malvinas y el conflicto del Ulster.

Y mientras, Berta Isla, esperando. Esa certeza inicial va engordando, se transforma y evoluciona hasta condicionar toda su vida. ¿Es amor? No. Es más una especie de lealtad que ata sin que a veces le encontremos una justificación. Casi una adicción que revierte en enfermedad. Sabemos que Berta no es esa mujercita débil e indefensa que podría soportar la tortura de vivir-novivir. Y por eso la situación resulta más desconcertante, incomprensible y frustrante. Y aún así, el autor trata de explicarnos que “se puede vivir así”. ¿Se puede? Por supuesto. Aunque no conozcamos sus historias, son y serán siempre muchos los anónimos que se supone que nos cuidan mientras dormimos, aunque no exista guerra. Eso nos dicen. Pero… esa batalla invisible a nuestros ojos respira de una punta a otra del mundo mientras pasan los días, años y siglos. En la página 136 encontramos la frase que lo explica de manera simple. Alguien alecciona a Nevinson sobre lo que significa su día a día en la oficina: «parte de nuestro trabajo es que no haya constancia de nuestro trabajo». Ninguno espera medallas ni palmaditas en la espalda, ni que les llamen héroes, pero deben contar con estómagos especiales. Para qué vamos a hablar de su entorno familiar. Ni tan siquiera debe conocer lo secretos que son sus secretos.

La trama instruye sobre el sentido trágico de la vida. Como si debiera tenerlo. Al menos así lo creen, quienes cruzan la puerta atravesada por Tomás Nevinson. No es un sacrificio, es renunciar a todo en mayúsculas, como ser ese polvo en el aire mencionado entre las páginas.

Pero aquí el protagonista no es ese ser lleno de secretos que “vive” con Berta, sino la propia Berta que ve cómo se le escapan de las manos los años, los instantes no vividos, lo que pudo ser y no puede ser. Me encanta esta frase donde se recoge ese sentimiento que me marcaba una mueca de disgusto mientras leía: «Uno va reduciendo sus ímpetus y expectativas, se va conformando con versiones deterioradas de lo que quiso alcanzar o creyó haber alcanzado, en todas las fases de la vida se admiten rebajas y desperfectos». Desesperanzador, ¿no? Triste, incluso dramático. Aunque como comprobaremos, puede ser cuestión de actitud.

Explicar, describir, analizar este debate personal como decía al comienzo es una tarea muy, muy difícil. Un trabajo sumamente complejo para que el lector soporte la angustia que rezuma la novela. Porque está claro que a pesar de la prosa inteligente, vigorosa de Javier Marías, hay muchos tramos que se hacen largos. Las sensaciones aunque van transformándose a medida que transcurre el tiempo cronológico, se repiten. Se machaca en la misma idea y eso, puede llegar a cansar a un lector que no se sienta atraído por la historia que le ofrecen.

En este sentido y con esa fórmula de cámara lenta que propone Marías, se hacen pesadas para mi gusto, las descripciones parsimoniosas y detalladas de los rasgos físicos de sus personajes a cada paso, con cada situación y reacción. A veces sobran porque soy de las que disfruto imaginando cómo se quedan esos rostros, facciones, arrugas durante cada gesto.

Puede que el autor no haya querido entrar de manera voluntaria pero hay otra cuestión que echo de menos. Berta (por cierto, su apellido es muy descriptivo de su paso por el mundo) tiene un entorno familiar cercano en el que no se detiene demasiado. Y ya no hablo de los adultos que, puede, sepan o aprendan que hay cosas que no se pueden preguntar. Pero, ¿cómo se hace eso con los niños? Ellos a los que la lógica convierte en seres inteligentes sin pretenderlo, no saben, no quieren vivir con mordazas. Este aspecto de la novela se aborda de soslayo y me quedo con muchas preguntas sin respuesta. Pero ese es el espíritu de la novela: el vacío detrás de las dudas, las incertidumbres, la locura que es capaz de procurar ese no saber persistente y dilatado en el tiempo.

Es una novela para reflexionar y debatir. Un libro que no deja indiferente. Y eso me gusta siempre en una lectura. Aunque se queden tantos interrogantes en el aire, como ese polvo que simboliza Tomás, un segundo protagonista que en realidad, es más un fantasma que parte del reparto literario.

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