Barceló, María José – “El hijo de la comadrona”

Dicen que a Serafín Ventura

lo sacaron de su casa para llevárselo al frente,

para defender la honra

de una patria dividida,

para luchar como un hombre

para arrancarle la inocencia de los quince años.

Dicen que en la calle se escuchaban

los vítores de la gente al paso de los elegidos,

que el hijo de la comadrona

caminaba con los ojos febriles,

brillantes como antorchas

encendidas por el miedo…

que en las mejillas se llevaba

los últimos besos de su madre,

y colgado de su cuello

un escapulario de la virgen del Carmen.

Dicen que el muchacho iba a ser un hombre de mar,

valiente como lo fueron su padre y su abuelo…

que la muerte se lo llevaría luchando

contra las fauces de una tormenta,

y las olas le darían sepultura,

envolviendo su cuerpo en un velo de espuma.

 

Dicen que Serafín disparaba al viento

el plomo de sus balas,

que sus pasos se hundieron

en la sinrazón de un campo de batalla,

en el desgarro de los cuerpos vencidos…

que sus ojos se volvieron líquidos

cuando sintió estallar su corazón,

cuando la boca se le llenó de sangre,

y sus labios saborearon la amargura

de haberse muerto por nada.

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