Barceló, Elia – Entrevista

Entrevista realizada por Teresa Argilés para ELD.

¿Qué diferencia a los escritores frente a otros campos artísticos o humanistas?

Supongo que una de las mayores diferencias debe de ser la imaginación que, en el caso de los escritores es aún más necesaria que en los demás campos. Los escritores, especialmente los novelistas, trabajan con ficciones que representan o reflejan la realidad sin ser una copia de la realidad y por eso necesitan la imaginación que hace falta para, tomando los materiales que ofrece la experiencia de la vida real, combinarlos de formas nuevas y, al crear algo nuevo, ofrecer sin embargo una visión que el lector reconozca como auténtica. Los escritores contamos la verdad a través de la ficción (a veces hablamos de contar la verdad a través de la mentira, pero eso sería caer en categorías diferentes).

La gran diferencia con las otras artes, la que hace que la literatura sea lo que es, es que nosotros usamos palabras para expresarnos, y en muchos casos lo que queremos hacer es casi un imposible: queremos expresar con palabras lo inefable, lo que no se puede poner en palabras. Es más fácil para un músico o para un pintor crear una atmósfera emocional, hacer sentir al espectador lo que queremos que sienta.

¿Cuándo decidió decantarse por la escritura? ¿Quiénes han sido sus modelos o maestros?

De hecho no fue una decisión consciente; quiero decir, nunca me dije a mí misma “a partir de ahora voy a ser escritora”. Simplemente me gustaba escribir; se me ocurrían historias con mucha frecuencia y poco a poco empecé a escribirlas y a mandarlas a revistas y fanzines. Les gustaron y me las publicaron. Luego, al cabo de un par de años salió mi primer libro, con una novela corta y varios relatos. Cuando me quise dar cuenta cabal, ya llevaba tres libros publicados y había ganado un premio importante, el premio internacional de la Universidad Politécnica de Catalunya de novela de ciencia ficción que, en la época, era el mejor dotado de Europa y en el que también competían escritores estadounidenses. Aún así, tardé en llamarme a mí misma escritora y cuando lo veía en algún periódico me extrañaba que se estuvieran refiriendo a mí porque, claro está, cuando yo pensaba en “escritores” pensaba en los grandes, en los que me habían servido de modelo: Julio Cortázar, George Orwell, Ursula K. LeGuin, Gonzalo Torrente Ballester, Daphne du Maurier, Ray Bradbury, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez… y en los clásicos, Shakespeare, Cervantes, Milton… Al lado de todos ellos, a mí me daba mucha vergüenza llamarme escritora porque había escrito un par de cientos de páginas.

¿Cuáles son los géneros literarios que desarrolla y en cuál de ellos trasmite mejor sus ideas? ¿Pertenece a una escuela, corriente o tendencia determinada?

He probado muchos géneros porque yo nunca pongo barreras a las ideas que me surgen y por eso igual escribo una historia de ciencia ficción, que hago terror, o realismo o novela negra o histórica o lo que se presente. Mi primer amor es la ciencia ficción y la literatura fantástica en la tradición cortazariana, pero cada vez escribo más novelas híbridas en las que el peso del pasado es muy grande y donde suele haber algún crimen que quedó sin resolver.

De todas formas cada tema, cada historia pide una manera de narrarla y a veces incluso exige ciertas restricciones genológicas, ciertas reglas que hay que cumplir para darle mayor realce a lo que una quiera contar, igual que, en lírica, hay temas o ideas que necesitan un soneto y no un romance, por poner un ejemplo.

En cuanto a escuelas o corrientes… nunca he creído en ellas. Tampoco he encontrado nunca otros escritores que tengan mi mismo tipo de sensibilidad o la misma forma de ver el mundo, ni he tenido jamás la intención de instrumentalizar lo que escribo para transmitir un mensaje colectivo. Yo cuento historias, las historias que necesito contar y que pienso que pueden ser también interesantes para otras personas, pero es una actividad solitaria e individual. Solo en una ocasión formé parte de un grupo -de hecho fui miembro fundador-, el Grupo de Umbría, en el que cuatro colegas decidimos crear una región literaria compartida donde situar nuestras historias fantásticas. Por desgracia, la cosa no duró mucho, apenas dos años, aunque en mi caso valió la pena porque de todo aquello surgió parte de El vuelo del Hipogrifo y también toda la novela El secreto del orfebre.

Por otro lado, dentro de la ciencia ficción, sí me considero parte del fandom, el conjunto de aficionados/enamorados del género que se reúnen periódicamente para charlar de temas comunes, hacer proyectos, pasarse noticias del ramo, etc. y que por fortuna sigue existiendo al natural a pesar de la existencia de las redes sociales.

¿Para ser escritora hay que ser buena lectora? Aconséjenos 3 libros imprescindibles.

Leer es absolutamente fundamental para escribir. Los únicos maestros que tiene un escritor son los demás escritores, los vivos y sobre todo los muertos. Por eso es necesario estar siempre alimentándose de ellos, buscando modelos, comparando trucos, para bien y para mal.

Es muy difícil reducirlos a tres, pero yo aconsejaría los relatos de Julio Cortázar, El Mago, de John Fowles, y 1984, de George Orwell. También La mano izquierda de la oscuridad, de Ursula K. LeGuin, aunque con este sean cuatro.

¿Qué libros aconsejaría leer para quien desee adentrarse en la buena lectura?

Cualquiera de los anteriores, pero añadiría Posesión, de Antonia Byatt, Hyperion, de Dan Simmons, La Saga/Fuga de J.B. de Gonzalo Torrente Ballester, Don Juan, del mismo autor, La plaza del diamante, de Mercè Rodoreda, La reina de las nieves, de Carmen Martín Gaite, Rebecca, de Daphne du Maurier, Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro, It, de Stephen King… ¡uff, hay tantos!

¿Qué precisa para ponerse a escribir? ¿Cuáles son sus rituales, si tiene alguno? ¿Hay algún secreto que le convierte cada noche o cada día en escritora?

¿Qué necesito? Muy poca cosa. En circunstancias ideales necesito un ordenador, un poco de tiempo sin demasiadas interrupciones y un cuaderno (de hojas blancas lisas) y un roller a mano. Pedir por pedir, unas horas de soledad, agua o té o nescafé con hielo, una música lejana o muy bajita y flores o plantas a mi alrededor. Pero todo eso solo hace más agradable el proceso; no es necesario. Soy capaz de escribir en trenes, aviones, autobuses de largo recorrido, aeropuertos, bares… Si de verdad estoy dentro de mi historia, el mundo exterior carece de importancia. Si el portátil se queda sin batería, sigo a mano.

No tengo rituales, no soy nada histriónica. Solo ropa cómoda si es posible y empezar a leer diez o doce páginas más atrás de donde tengo que continuar. Así corrijo las pequeñeces que pudieron haberse escapado en la corrección del día anterior, arreglo los errores de ritmo o de sonido y entro de nuevo en el flujo de la historia.

Por lo demás, el único secreto para convertirse una y otra vez en escritora es tener la disciplina de escribir sin esperar a que las condiciones sean perfectas. Es lo que hacen todos los otros profesionales de cualquier otra rama, artística o no.

¿Cuál es su forma de trabajo: usa un mapa o brújula, improvisa o planifica? ¿Se deja llevar por las musas o camina totalmente a ciegas?

Soy claramente escritora de brújula. Sé dónde empieza la historia (a eso le dedico muchas horas de pensamiento hasta que sé con absoluta seguridad dónde comienza el viaje), sé a dónde me gustaría llegar y tengo muy claras varias escenas que son necesarias para alcanzar esa meta. Son escenas que casi recuerdo, como si las hubiese vivido o las hubiese visto en una película muy amada. Aparte de esa estructura, que encuentro necesaria, lo demás es la alegría del descubrimiento, las sorpresas que me dan los personajes, la sensación de que cada vez que me siento a trabajar quedan tantas cosas por comprender, por presentar a mis lectores… Es como cruzar un río: sabes adónde quieres ir y sabes en qué piedras vas a poner los pies, pero a veces surgen imprevistos, cambias de piedra y eso te lleva a emprender un camino que no era el que habías planeado, pero la vista sigue fija en la orilla a la que quieres llegar, en la arboleda que te has fijado como destino y, por un camino o por otro, llegas a ella.

Si lo tuviese todo planificado, tendría la sensación de que en lugar de estar escribiendo estaría transcribiendo, eso traería aburrimiento y desgana, no sería más que trabajo.

¿Cuáles son los hitos relevantes que destacaría en su aventura literaria?

Cada vez que me surge con fuerza una historia y me enamoro de ella es un hito, y cada vez que empiezo una novela, y cuando la termino, y brindo con mi marido porque hay una más. Cada vez que escribo uno de esos relatos que te caen encima de un momento a otro y casi parece que se escriben solos.

Cuando la editorial me enseña la posible cubierta y lo hablamos y elegimos la definitiva.

Y cuando, después de todo el trabajo necesario, tengo por fin en mis manos el libro publicado, terminado, listo para salir a encontrarse con su lectora o su lector.

La firma de algunos contratos, las traducciones a otros idiomas, las charlas en clubs de lectura, cuando tengo la oportunidad de hablar en directo con las personas que han disfrutado de mi novela…

Claro que también son bonitos los premios y los reconocimientos especiales o las invitaciones a maravillosos festivales y ferias, pero la lista de todo eso se puede encontrar en Internet y no hace falta ponerlo aquí.

Las editoriales, ¿son el campo de batalla del escritor? Los premios… ¿son males necesarios en la carrera de un escritor?

En circunstancias ideales las editoriales son el complemento necesario de todo escritor, el equipo que hace posible que tu manuscrito se convierta en un libro y llegue a los lectores. Yo he tenido experiencias de todo tipo con distintas editoriales, desde muy malas a excelentes, y supongo que es como en la vida: hay buenas y malas vivencias, pero las malas no me han hecho ni desconfiada ni amarga. En estos momentos estoy muy contenta con Roca editorial para mi línea de adultos y sigo muy satisfecha con Edebé y Edelvives, a los que confío mi trabajo para jóvenes lectores.

Con los premios sucede algo parecido. Pueden ser muy útiles en términos de visibilidad y de maketing pero precisamente por eso no se suelen conceder “al mejor manuscrito recibido” sino a novelas que traen consigo -casi siempre por el nombre y la trayectoria de su autor- una cierta garantía de amortizar el dinero que se le va a entregar. Es razonable, pero trae aparejada mucha frustración para los autores noveles que presentan su manuscrito sin conocer a nadie y sin que nadie los conozca pensando que tienen una posibilidad de darse a conocer.

Mi escritor favorito, Julio Cortázar, nunca tuvo otros premios que los honoríficos, y Torrente Ballester sólo al final de su vida. Eso me hace pensar que los premios no son un mal necesario.

Díganos brevemente… ¿qué intención le mueve al escribir: es una escritora con vocación de entretener, de divulgar, de formar?; ¿es una escritora de su tiempo o una escritora comprometida con su tiempo?

Yo escribo desde siempre porque contar historias me da placer y mientras tanto sé que también da placer a muchísimas personas en las que pienso mientras escribo. Quiero que mis novelas sean agradables de leer y que hagan reflexionar, ver el mundo por otros ojos -por los míos-, plantearse temas que quizá no les hubieran llamado la atención antes de leerlas. Sobre todo escribo novelas de personajes y sus conflictos al enfrentarse a situaciones que los sobrepasan y que con frecuencia tienen que ver con secretos ocultos en el pasado, con frases dolorosas que en su momento no quedaron claras. Me interesa mostrar que somos seres hechos de palabras, de narraciones, y que uno debería llevar mucho cuidado con lo que dice -casi más que con lo que hace-.

También quiero despertar la conciencia de que nuestro pasado nos marca, nuestra vida es breve y hay que aprovecharla bien. Y quiero dar voz a quienes no la tienen, sobre todo a las mujeres de mediana y avanzada edad que en esta sociedad que hemos construido parece que son obligadas a retirarse y desaparecer precisamente cuando han llegado a la edad de poder ser más libres, más sabias, más ellas mismas, y todo porque ya no llevan tacones altos (no olvidemos que se han hecho más sabias) ni tienen la piel tan tersa como a los treinta años.

No se puede evitar ser una escritora de la época que te ha tocado vivir, pero como para mí el tiempo es fundamental, voy y vengo del pasado al presente e incluso al futuro, cuando hago extrapolaciones y distopías. Si dentro de unas décadas alguien lee una novela mía, me gustaría que le dijera algo sobre su condición humana en general, no sobre cómo sentíamos la vida y la sociedad en los años veinte del siglo XXI. No me interesa hacer costumbrismo.

¿Le gustaría que olvidaran en el futuro algo de su actividad literaria? ¿Qué quedará de su obra para la posteridad a pesar suyo?

Nunca he escrito nada que me dé vergüenza o que preferiría olvidar. Sigo identificándome con lo que he escrito hasta ahora, aunque veo mi evolución literaria y personal. La ventaja es que, como nunca he querido demostrar nada a nadie (ni lo moderna o lo rompedora que soy, ni lo intelectual, ni lo exquisita…) todo lo que he escrito ha fluido con naturalidad y me he limitado a escribir las historias que a mí me parecían importantes, las que me habían enamorado. Y eso es lo que, caso de quedar, me gustaría dejar en herencia: un modo de ver la vida basado en el amor, la aguda conciencia del tiempo, la fuerza de las palabras para marcar a los seres humanos y su historia personal o colectiva, la importancia del humor para templar el dolor. Pero no me empeño en pasar a la posteridad. Si a alguien en el futuro le siguen diciendo algo mis historias, será un honor continuar ese diálogo después de mi muerte. Si no, ni yo me enteraré, ni ningún lector de ese futuro me echará en falta.

¿Qué palabra o concepto le caracteriza como escritora?: ¿se considera una escritora creativa, original, optimista, fantasiosa, soñadora, imaginativa, idealista, etcétera?

No creo que sea posible definir a alguien con un solo adjetivo pero, si tengo que simplificar, de mí misma pienso que soy optimista, imaginativa, cosmopolita, y compasiva en el sentido de que mis personajes y sus historias tienen muchos matices de gris y siempre intento que los lectores comprendan qué es lo que los mueve, qué los ha llevado a ser como son y a hacer lo que hacen; que los comprendan, no que los juzguen.

¿Considera que ha leído algún libro irreverente?

Yo pienso, como Oscar Wilde, que “no existen libros morales o inmorales. Hay libros bien escritos y mal escritos, eso es todo”. Nunca he entendido bien el concepto de “irreverencia”, probablemente porque no creo que haya temas, personas e instituciones a las que haya que reverenciar. Existe lo irrespetuoso, eso sí, y la falta de respeto es vulgar, grosera, y no conduce a nada. Sí que he encontrado en ocasiones libros que son así, y por eso no merece la pena hablar de ellos.

¿Cuáles son las tendencias actuales de la literatura que más interés le despiertan?

No veo auténticas tendencias en la literatura actual y las que son llamadas así en ciertas publicaciones literarias me parecen de escaso interés. Tengo la sensación desde hace ya muchos años que estamos viviendo en una especie de barroco muy muy tardío en el que lo que más se hace es amontonar elementos de todas las tradiciones, adornar, disfrazar y crear una apariencia vistosa para llamar la atención pero que suele quedarse en eso, en una pura fachada sin nada detrás. Por lógica histórica, después de esto tendría que venir una época aristotélica, basada en modelos rígidos y en la sencillez, la contención y el decoro. Eso es lo que se aprecia actualmente en países como Estados Unidos, donde impera la corrección política y se empiezan a prohibir temas y tratamientos que “pueden herir la sensibilidad del lector”. Ni que decir tiene que ese desarrollo me parece detestable.

Pero tampoco me gusta la tendencia que se está dando en Europa de la llamada “autoficción”, esa literatura que se alimenta de los traumas infantiles y dolores pasados y presentes de un autor que decide exponerse a la opinión pública escribiendo en primera persona y nos lo vende de manera que tenemos que estarle agradecidos por lo mucho que ha sufrido desnudando su alma para nosotros. Además, curiosamente, si lo hace un autor varón es algo que hay que tomar muy en serio porque es alta literatura, mientras que si lo hace una autora mujer es verborrea, incontinencia y parloteo femenino. Luego, en las críticas, parece llegarse a la opinión de que la relación de un escritor con su padre es algo que debería importarnos a todos mientras que la relación de una escritora con su madre es un asunto doméstico que, como mucho, sólo le interesa a otras mujeres.

La tendencia que más me interesa en estos momentos es la distopía y la ciencia ficción prospectiva en la que los autores y autoras, basándose en los últimos desarrollos tecnológicos y sociales extrapolan para imaginar adónde nos va a conducir este camino. Ahí es donde están los temas nuevos, los argumentos arriesgados, los personajes no normativos. Por citar una novela de este estilo, ampliamente conocida y claramente considerada alta literatura, me gustaría nombrar “Nunca me abandones”, de Kazuo Ishiguro.

¿Cómo se definiría a sí misma? ¿Cuál es su mejor valor en el campo literario? ¿Y en lo humano?

Soy un ser humano imaginativo, optimista, empático, solidario, con mucho sentido del humor, gran capacidad de amar y una inteligencia lo bastante buena para disfrutar de una conciencia crítica. He nacido como mujer y estoy de acuerdo con mi género y con mi cuerpo. Creo que hay que trabajar para que todo el mundo tenga derecho a la educación, la sanidad y la vivienda; creo que hay que invertir en las generaciones jóvenes para garantizar un buen futuro para todos, y en las generaciones de personas mayores para agradecerles nuestro presente y que puedan envejecer en paz y alegría. Creo que elegir el momento de la muerte propia es un derecho que hay que conquistar.

Por todo ello, mi mejor valor en lo literario es usar la lengua y todos los recursos de mi oficio a mi mejor saber y entender para mostrar a mis lectores todas estas opiniones y posiciones sin hacerlas pesar, sin pontificar, sin decirle a nadie lo que tiene que hacer con su vida, simplemente enseñarles cómo veo yo el mundo. Y que piensen, y que decidan, y que disfruten mientras leen, porque la lectura -en mi opinión- si no da placer, no vale la pena.

Desde la óptica de vivir y trabajar fuera de España, ¿Cómo se ve o se ha visto el panorama literario en este país?

Llevo tantos años en Austria que he vivido muchas etapas del desarrollo literario español desde fuera. Para dar una idea, me fui justo entre La verdad sobre el caso Savolta y La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza, dos de las obras más importantes que ha dado la literatura española de fin de siglo.

En esa época, en España aún había una literatura “seria”, escrita por personas que dominaban su oficio y tenían legítimas aspiraciones de hacer arte, y también existían algunas editoriales que se comprometían con esos escritores y tenían una línea clara y propia.

Poco a poco, a medida que el negocio editorial empezó a poner énfasis en la primera parte –“negocio”- y las grandes editoriales fueron absorbiendo a las medianas y convirtiéndolas en sellos de la misma empresa, la producción se fue haciendo cada vez más grande, más inabarcable, más mediocre en general.

Empezaron a publicarse muchísimas novelas efímeras porque había que llenar los catálogos y las mesas de las grandes librerías; no había forma de mantenerse al día de lo que estaba pasando en España, ni siquiera limitándose a un par de géneros. Ahora, cuando una mira atrás, apenas quedan en la memoria una docena de obras porque muchas otras fueron producto de modas pasajeras y se perdieron en el olvido.

Después, ya recientemente, empezaron a publicar cosas escritas de cualquier manera por actores, presentadores de televisión, cocineros, influencers, youtubers… tratando de hacerlas pasar por obras literarias, y con eso el panorama de nuestra literatura se ha desacreditado muchísimo.

Por otro lado, la literatura seria se ha vuelto muy autorreferencial y cada vez cuesta más introducirla en otros países porque sienten que solo nos afecta a nosotros.

De todas formas, siempre existen novelas que consiguen sobrevivir en la jungla de las publicaciones y, con el tiempo, quedarán como exponente de nuestra época.

Facebooktwittergoogle_pluspinterestmailFacebooktwittergoogle_pluspinterestmail