Antón, María del Mar – Un día cualquiera

Despertó en ese estado de ensoñación semiinconsciente que dejan los últimos sueños: había tomado un tren para ir a Valencia, pero éste, extrañamente, cambiaba su destino para llevarle a Albacete, sin que sus protestas consiguieran que el tren se encaminara al destino deseado. El desasosiego del deseo contrariado aún estaba presente y con un impulso de rabia se levantó de la cama; inmediatamente sintió, la rigidez habitual de sus articulaciones; la ducha caliente le despertó totalmente, tras lo cual inició los ritos diarios del desayuno. En esos momentos todo lo no previsto le disgustaba; cada paso debía seguir la rutina de todos los días. Pero esa mañana nada era igual. La cafetera no tenía café, el cartón de leche se terminó a mitad de llenar la taza, la mermelada siguió el mismo camino y una mueca de contrariedad se le clavó en el rostro.

Por fin se sentó y el primer sorbo de café caliente le despejó los nubarrones que le acompañaban. Sus primeros pensamientos volvieron al sueño… ¿por qué el tren se empeñaba en dirigirse a Albacete y no a Valencia como era su deseo?, se preguntaba intrigado sin acertar a comprender su sentido.

Se había levantado una hora más tarde de la habitual y, una vez en la calle, observó con estupor que la ciudad tenía otro sonido y otro color: ya no era la obscura y silenciosa de las 7 de la madrugada; la brillante luz del sol de ese día le ayudó a curiosear a su alrededor mientras caminaba. Las amas de casa con sus carritos de la compra, seguramente hacian el mercadillo semanal, los niños agarrados de las madres en dirección a sus colegios y las primeras tiendas que abrían sus puertas invitando a entrar.

Se fijó en los locales cerrados. Para algunos, aún no era su hora de apertura, para otros, había llegado la definitiva; vacíos y abandonados rezaban a modo de defunción “se alquila”, “se traspasa”, “se vende”, “liquidación por cierre”.

Vinieron a su mente recuerdos de los antiguos negocios desaparecidos: la autoescuela, el taller de reparación de zapatos, la tienda de electrodomésticos, la cafetería que celebraba un taller literario los viernes por la tarde, la tienda de ropa de mujer…Sintió la tristeza de su ausencia como de un pasado robado.

Observó también los negocios nuevos que sustituían a los ya desaparecidos: La tienda de muebles de diseño era ahora un gran bazar regentado por los hermanos Lui Chin; «se perdió el glamour», pensó; la panadería, pasó a carnicería y después a una clínica de fisioterapia con precios reducidos para pensionistas y desempleados; la bodega de vinos pasó a ser un almacén textil y después una academia “en positivo”, proclamaba, para alumnos repetidores; la pizzería familiar de toda la vida se convirtió en un Kebap regentado por turcos; la tienda de aluminio y cristalería en  una frutería hindú, que abierta todos los días y casi a todas horas, terminó obligando a hacer el mismo horario a las cercanas del barrio. La floristería cerró buscando un alquiler más barato en otra calle menos céntrica y su lugar, lo ocupó un asador de pollos y venta de comida rápida y barata; a su lado un local recién abierto se anunciaba con un “arreglos y composturas, lo coso todo” en tono de súplica.

Ante tanto cambio se estremeció, como si la tierra temblara y se abriera ante su paso haciendo imposible el equilibrio. Recordó entonces unas palabras leídas hacía tiempo “A veces es necesario que todo cambie para que todo siga igual”. Y entonces, como si naciera de la nada, una idea comenzó a circular por su mente: ¿Y si se atreviera a ir a Albacete en lugar de Valencia?

De algún lugar cercano, provenían las notas melancólicas de aquella música que recordaba de la película “Muerte en Venecia”… y la sintió como una amenaza, mientras caminaba con el paso vacilante y temeroso de un día cualquiera en los últimos años