Álvarez, Mª Ángeles – “Olor a madre”

Con el carmín del atardecer,

se oye el triste balanceo de la silla de caña.

Madre, ¿dónde estás?

Madre, ¿por qué te has ido?

Al compás que marcan las tenues luces de los rescoldos

que aún quedan en el hogar,

la vieja poltrona sigue esperando a su dueña.

Los hilos, de colores ahora apagados,

se desparraman sin disciplina por el asiento.

Madre, ¿por qué no me cuentas un cuento?

Madre, de esos que hablan de bosques y brujas y gnomos.

Apenas queda ya calor en el cuarto,

las paredes ennegrecidas por el humo de un fuego

que nadie quiere apagar,

que se consume libre, lento,

sin tiempo, sin vida, sin lamento.

Madre, ¿por qué ya no siento tu calor?

Madre, ¿por qué ya no veo tus ojos de esmeralda y miel?

El frío se adhiere a los cristales del ventanal,

abofetea el aire y susurra que ya no hay vuelta atrás.

Madre, ¿por qué ya no siento tus manos de plata?

Madre, ¿por qué no percibo el susurro de tu voz?

La noche avanza con su cortejo de sombras y miedos,

con su séquito inclemente y glacial.

Envuelve la habitación;

ahoga las ascuas apenas candentes;

doblega el sutil movimiento del balancín,

empapa los muros de hielo y tinieblas.

Pero tu olor, madre,

ese olor, a vainilla y canela,

a nubes y a limón.

Ay madre, tu olor,

a rocío y azahar,

a jarabe y a jabón.

Madre, tu olor,

ese que impregna la estancia,

ese que respira amor,

ese que no me abandona,

madre, ese lo conservo yo.

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