Álvarez, Mª Ángeles – “Norte y Primavera”

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El lúgubre tañido de las campanas de la iglesia anunció la llegada del temible Viento del Norte. Cada año, con la aparición de las primeras nieves, el peor enemigo de los habitantes de Ingelsen hacía acto de presencia, dejando a su paso una estela de frío y oscuridad.

Todo aquello que alcanzaba su gélido aliento quedaba atrapado en una fina y recia capa de hielo que destruía cualquier vestigio de vida, reteniéndolo dentro de su cristalina prisión.

Los árboles, que durante el resto del año enmarcaban con su vigor un paisaje idílico, quedaban reducidos a inertes estatuas escarchadas. Los tejados y los balcones, en otro tiempo refugio de las más bellas aves silvestres, veían crecer en sus extremos puntiagudos carámbanos, que se desplomaban hacia el vacío en una lenta y sinuosa danza, formando descomunales rejas de hielo que impedían guarecerse a cualquier ser vivo.

El soplo de Norte, como así lo llamaban los temerosos aldeanos, desparramaba sus largos tentáculos por todas partes, penetrando a través de cualquier diminuta rendija que sorprendiera abierta, colándose hasta el corazón de las humildes moradas, para aniquilar el más ínfimo residuo de calor que allí pudiera hallar.

Ingelsen se convertía así en un pueblo fantasma en el que, durante meses, sus pobladores no eran más que níveos espectros de sí mismos, que quedaban petrificados allí donde fueran atrapados por tan violenta ventisca, y sometidos a su capricho.

La fuerza de Norte era inconmensurable, y por esta razón nadie había osado nunca enfrentarse a su cólera. Se conformaban con esperar la llegada de la estación de las flores y con ella, el deshielo. Entonces Norte no tenía más remedio que retirarse a su guarida hasta el solsticio de invierno, en que volvería a desperezar sus espantosas extremidades.

Pero uno de esos inviernos, uno cualquiera, alguien más llegó a Ingelsen al tiempo que lo hacía Norte. Alguien a quien la tempestad no amedrentaba. Dicen que la vieron aparecer en medio de la furia del gigante glacial, casi insignificante pero erguida, solemne, enfundada en una capa azul celeste y protegida con una capucha del mismo tono.

No dijo nada, únicamente caminó con grandes zancadas, abriéndose paso entre el remolino de hojas y tierra que Norte levantaba con cada lance. Entonces, una por una, ella comenzó a golpear ligeramente, con los nudillos, las puertas que iba encontrando. Pero su intento fue vano. Nadie abrió, porque nadie osaría nunca desafiar a Norte dando cobijo a esa extraña criatura, que se aventuraba en la soledad de la aldea sin parecer importarle lo que sucedía a su alrededor… O tal vez sí.

Pero ella lo intentó. Insistió una y otra vez, sin articular palabra, tan sólo con golpecitos quedos en los portones de madera de aquel arredrado caserío. Más no obtuvo respuesta.

Norte la observaba y henchía su pecho con más fuerza a cada momento, para luego soltar el aire con toda la violencia de que era capaz, en un intento inútil por intimidar a ese pequeño ser que había aparecido de la nada.

Cuando la criatura llegó a la última de las casas, repitió el ritual y consiguió la misma respuesta: tan solo silencio. Norte pensó entonces que había ganado la batalla y que ella se marcharía por donde había venido.

Pero en ese instante, la criatura se giró inesperadamente hacia Norte, quedando ambos frente a frente. Ella retiró la capucha de su cabeza con un suave movimiento de muñeca y dejó al descubierto el rostro inmaculado y tierno de una hermosa y dulce niña de cabellos ensortijados, que relucían como rayos de sol. Su mirada, azul como el más profundo de los océanos, se clavó en Norte. Éste sintió una incómoda brisa cálida en su nuca y su frío cuerpo comenzó a desprender pequeñas gotas de agua.

El monstruo de hielo tembló al advertir que el goteo iba creciendo y formaba profundos charcos de agua en la tierra. También advirtió que su bufido perdía intensidad por lo que, espantado, miró a la pequeña implorando una explicación. Ya no parecía el gigante aterrador que destruía todo aquello que osaba interponerse en su camino. Había quedado reducido a un ser débil e insignificante.

En ese instante, la niña comenzó a balancearse con movimientos gráciles y delicados, semejantes a los jugueteos pueriles de los cervatillos. Las manos, alzadas al cielo, conjuraron a las nubes para que se disolvieran, permitiendo así la entrada de minúsculos haces de luz. Éstos, se multiplicaron hasta inundar todos los rincones del lugar.

Del mismo modo señaló la tierra, y de ella brotaron cientos de rosas y amapolas, prímulas y verbenas, dalias y amarillis…, y así hasta cubrir el suelo embarrado de un vivo manto multicolor.

Tímidamente, algunos rostros fueron apareciendo. Primero tras los cristales y luego asomándose a los portillos. Hubo quienes incluso se aventuraron a traspasar los umbrales de sus casas, no sin cierto temor todavía.

Y ocurrió que por cada habitante de Ingelsen que salía a la calle, una fracción de Norte se transformaba en agua bajo su propia e impotente mirada. Y así uno tras otro, hasta que el viejo y terrible viento se fundió con la calidez que los corazones de los aldeanos desprendían, quedando reducido a un mísero recuerdo.

Pero ese recuerdo permanecería para siempre grabado a fuego en las mentes de aquellas personas para que nunca olvidaran vivir, porque la vida impide que nuestros corazones se hielen.

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