Álvarez, Mª Ángeles – “Los posos del té”

1292584071530_fBlanca había llegado al convento de las Descalzas siendo apenas un bebé. Alguien la había dejado a las puertas del claustro, dentro de un pequeño canasto de mimbre y envuelta en una recia tela de algodón. Fue un día cualquiera de principios de mayo. Amanecía, cuando sonó la estridente campanilla del noviciado. La hermana Jovita abrió el portillo superior, pero no vio a nadie. Sin embargo, justo en el momento en que iba a cerrarlo de nuevo, oyó un llanto ahogado, como los que emitían los cachorrillos de Ada, la perra del lechero.

La monja asomó por el portillo la oreja sana, puesto que había perdido el oído izquierdo debido a la escarlatina, cuando aún era muy niña. De nuevo oyó el suave lamento. Así que decidió abrir el portón y lo que halló en el suelo, junto a la entrada, la dejó sin aliento: era un ser diminuto y rechoncho, que yacía escondido dentro de un inmaculado paño. Su pálida y fina piel reflejaba, como un espejo, la brillante luz del alba. Agitaba las manos con urgencia y sus pequeños ojos azules demandaban, apremiantes, la atención de la mujer.

Desde aquél día pasaron ya quince años y Blanca era ya una jovencita amable y voluntariosa. Su vida había transcurrido en el interior de los muros del Convento. Creció entre los fogones de la Hermana Luisa; aprendiendo las labores del campo en el huerto de Sor Sebastiana; tomando lecciones de álgebra y geografía con la severa Sor Enriqueta, aprendiendo a amar a los clásicos de la literatura con Sor Eduarda… Su instrucción había sido perfecta y cuidada. Podría decirse que Blanca era una niña feliz. Su llegada había revolucionado el Convento. Desde el primer instante, se convirtió en la protegida de las religiosas, quienes le entregaron todo el amor que albergaban sus corazones, al igual que una madre haría con su hija.

Es posible que no necesitara nada más. Que estar allí dentro, rodeada de personas que la querían y a salvo, fuera suficiente para ella. Pero Blanca no era una niña cualquiera. Pese a ser obediente y disciplinada, había algo en ella que la diferenciaba del resto de habitantes de la Abadía: su imaginación no conocía límites. En ocasiones, la encontraban en el patio, junto a los manzanos, ensimismada; mirando a una golondrina que construía su nido bajo los arcos del claustro u observando a una ardilla recorrer alegre las ramas de los frutales.

Entonces, Blanca les decía a las monjas que ella era esa golondrina o aquella ardilla y que volaba portando barro para su nido o subía por el tronco de un cerezo en busca de hojas. Y la niña describía estos quehaceres con sumo detalle, hasta el punto de que alguna Hermana había llegado a creer que el espíritu de la pequeña se había colado, por unos instantes, en el cuerpo de esos animalillos. Pero claro, no lo decía en voz alta. Era una mujer cristiana, esposa del Señor, y eso no hubiera estado bien.

A la Madre Constanza le preocupaba el comportamiento de la niña. Pese a que Blanca nunca había manifestado el menor deseo de salir al exterior, la monja temía que llegara ese día. Adoraba a la pequeña y tenía la esperanza de que ella decidiera tomar los hábitos cuando alcanzara la edad apropiada. Pero en su interior, sabía que eso no iba a poder ser: el alma de Blanca era pura, pero también era libre.

Hacía ya tiempo que la Abadesa sospechaba que, pese a que su cuerpo residía alegre dentro del claustro, ello se debía a que su espíritu había logrado traspasar la tapia y moraba en un mundo lejano y emocionante.

Una tarde, cuando en el monasterio todas se preparaban para Vísperas, la Madre Constanza encontró a Blanca sentada en el banco de piedra de una de las ventanas que daban al huerto. La joven sostenía firmemente, entre sus manos, una taza, al tiempo que miraba con determinación en su interior.

—¿Qué miras con tanta atención, Blanca?- preguntó la Madre.

—Los posos del té- contestó la chiquilla.

La monja, extrañada, insistió:

—Y ¿por qué razón los miras con tanta atención?

—Ellos me indican a dónde debo ir— replicó la pequeña, sin más.

La Madre quedó todavía más desconcertada. Pero antes de que pudiera proseguir con sus cuestiones, la niña, sin levantar los ojos de la taza, susurró:

—Cuando apenas quedan unas cuantas gotas de líquido en el fondo, un suave balanceo del recipiente basta para que decenas de motitas negras asciendan a través del agua, apiñadas todas ellas, formando una esfera perfecta. Y, cuando alcanzan la superficie, se separan violentamente para descender de nuevo hasta la base. Es en ese instante, al tocar suavemente el fondo, cuando me hablan.

Blanca se detuvo un momento y miró a la Madre. Su mirada parecía suplicar a la religiosa que le permitiera contarle la historia y ésta, con un leve movimiento de la cabeza, le dio su aprobación. En realidad, la mujer quería saber cuál era el final de tal cuento.

—Me hablan con su baile, silencioso y grácil, porque cuando se detienen, algunas de ellas quedan aisladas del resto, pero otras vuelven a reunirse con sus compañeras. Todas ellas viajan sin descanso, flotando en el brebaje, desempeñando su función. Sólo que unas lo hacen en grupo y otras andan solas.

La monja la miraba con atención. Blanca continuó:

—Esto se repite con cada movimiento del recipiente. Y yo lo provoco, una, y otra, y otra vez. Y las observo sin pestañear, a fin de advertir cualquier pequeño detalle que me permita conocer cuáles de esas pequeñas motitas son más felices: las que viven en compañía de otras o las que lo hacen apartadas del resto.

Entonces, la Madre, sorprendida, miró dentro de la porcelana. Y también ella quedó conmovida con aquéllos cuerpos diminutos que buceaban y emergían, enredándose entre sí. Pero sólo uno de ellos llamó su atención: era uno mínimo, insignificante. Sin embargo, su aspecto no se parecía al de ningún otro. Bailoteaba entre los demás con un ritmo apasionado, siempre  sin perder el equilibrio. Pese a su pequeñez, se le veía inmenso. No parecía importarle el bullicio a su alrededor; al contrario, desprendía un gran entusiasmo.

Blanca tampoco dejaba de mirarlo. Destacaba por su delicadeza y gracilidad; pero también por sus movimientos decididos y firmes. Ambas mujeres habían quedado completamente embelesadas por aquél elemento.

Constanza levantó sus ojos hacia la chiquilla. En ese instante comprendió que había llegado el momento de dejarla ir.