Álvarez, Mª Ángeles – “La despedida”

Ejercicio presentado el 10 de abril de 2015

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“En noches de tormenta, surgido de lo más profundo del océano, el delicado  espectro de Lucinda se pasea descalzo por el balcón de la linterna del faro Grande. Dicen los más viejos que espera a su amado Arístides, que partió un buen día a bordo del “Ulisses” en busca de fortuna. Pero nunca regresó. El mar se lo tragó durante una encarnizada tempestad, que sorprendió a tripulación y pasaje sumidos en el sueño de los conquistadores. Ella esperó paciente durante meses…, años incluso, a que él volviera a casa. Hasta que un día Lucinda, sin más, murió de pena.”

Esto fue lo primero que Témpora, una alegre mujer entrada en años y en carnes, con las mejillas sonrosadas como las de un bebé bien alimentado, narró a Sara el día en que ésta llegó a la pequeña población costera de Llames de Pría, para ocupar el antiguo faro Grande, reconvertido ahora en alojamiento rural.

Los imponentes acantilados, en constante lucha con las olas que, furiosas, arremetían una y otra vez contra sus paredes, iban a ser el único paisaje que Sara vería durante los siguientes meses. Este exilio voluntario no era más que la necesaria consecuencia de su gran pérdida. Aquélla que no la dejaba dormir, ni respirar ni, en definitiva, vivir.

Pero Sara no creía en fantasmas. Tampoco en espíritus, ni en el más allá. Ella siempre se había declarado agnóstica y pragmática, así que sus convicciones no le permitían dar pábulo a lo que aquella mujer le contaba. Tan sólo eran leyendas, cuentos de viejas para ella. Así que no tuvo ninguna duda a la hora de tomar las llaves que Témpora custodiaba como última propietaria del monumental edificio.

Anduvo por el angosto sendero que llevaba desde el pueblo hasta los acantilados, que se asomaban audaces a un mar embravecido. Allí arriba, los bufones 1 abiertos en la roca, escupían sin tregua el espumoso líquido que las olas impulsaban como gigantescos titanes enzarzados en un peligroso juego.

Sara se detuvo unos instantes para contemplar con admiración la violencia inherente a  aquel paisaje, donde la mano del hombre no podría nunca derrotar a los elementos de la naturaleza. Luego continuó por la senda hasta alcanzar el saliente de roca que se adentraba de frente en el agua, sosteniendo en su vértice al singular edificio blanquirojo que se elevaba desafiante hacia el cielo.

Un profundo sentimiento de admiración invadió en ese momento a la muchacha, quien no lograba entender el motivo por el que un simple edificio centenario podía causarle tal desazón.

Aproximándose a él hizo girar la llave en la cerradura sucia por el óxido. Una corriente fresca la atravesó nada más abrir la puerta. Era pleno verano, y aquella brisa ligera venía a corroborarle que aquel era el mejor sitio para huir del angustioso calor de su Córdoba natal.

Se adentró en el edificio y examinó sus dependencias, comprobando que disponía de un dormitorio, cocina y baño, tal como rezaba la publicidad que había encontrado en Internet. Todo estaba impecablemente limpio, aunque la reforma que había sufrido no lograba ocultar unas verduzcas manchas de humedad en las paredes. Sara pensó que eso le daba un aire más pintoresco.

Sacó las cosas de la mochila que constituía su único equipaje y decidió explorar la parte superior del faro. No sin esfuerzo, consiguió llegar al balcón que circundaba la linterna, ahora ya apagada para siempre, y contempló absorta la inmensidad del océano que se extendía ante ella.

Entonces lo supo. Comprendió que ningún ser humano puede escapar a los caprichos de la naturaleza. Ni siquiera el pobre Arístides, pensó con ironía. Y tampoco ella, a quien el destino había jugado una mala pasada, llevándose de este mundo a su querido amigo Jonás quien, como sucediera al profeta bíblico, fue literalmente engullido, pero no por un pez gigante, sino por un conductor ebrio. Y todo ocurrió ante los aterrados ojos de Sara. Esa imagen quedó grabada en su mente y por más que lo intentara no lograba arrancarla de ahí.

Instalada entre aquellas paredes, los días que sucedieron al primero transcurrieron con calma y lentitud. Hacia el norte el acuoso y redundante sonido del mar; hacia el sur, las abruptas elevaciones que la observaban impávidas. El tiempo allí parecía haberse detenido en el momento en que Dios descansó antes de crear al hombre, o eso al menos es lo que habría pensado un creyente.

Pero todo cambió una noche de agosto. Sara estaba tumbada sobre la cama de viejos muelles desgastados, cuyo único encanto era la colcha bordada con la que se arropaba para protegerse del helor nocturno.

Observaba las estrellas estampadas en un límpido cielo negro. Habría querido que una de ellas fuera su Jonás, que la vigilaba y cuidaba desde ahí arriba. Incluso le pareció percibir un leve destello en una de las más pequeñas justo en el momento en que ese pensamiento atravesó su córtex.

Sin embargo su yo científico, el habitual, apareció de la nada y se sobrepuso a tales estupideces. Y fue entonces cuando un resplandor en la oscuridad la hizo incorporarse súbitamente sobre su lecho. De nuevo vio otro resplandor, y otro, y otro más… Un grueso manto de nubes se interpuso entre ella y el firmamento estrellado. Pronto, el bramido de un trueno la dejó sin aliento.

Tan sólo pensó que se avecinaba temporal y debía cerrar todas las puertas y ventanas del edificio, lo que hizo con presteza. No obstante, cuando había recuperado la calma y el aliento, recordó que esa mañana, como casi todas, había subido con su taza de café con leche al balcón de la linterna y no recordaba haber cerrado la puerta al volver a bajar.

Decidió que subiría y lo comprobaría. Y así lo hizo. Y lo que encontró al llegar arriba la dejó completamente muda. La vieja puerta de hierro estaba abierta y, empujada por la galerna, comenzaba a golpear con fuerza la pared, dejando en ella una profunda y negra marca rectangular.

Sara tiró del pomo con fuerza, pero fue en vano y todavía más cuando las fuerzas la abandonaron por completo en el instante en el que se percató de que la linterna estaba encendida y giraba de norte a sur y de este a oeste, ante su incrédula mirada.

El viejo foco, roto y oxidado, estaba ahí, delante de ella, iluminando la negra noche como lo hiciera siglos atrás, con la vitalidad del primer día. Sara salió afuera sin importarle el azote húmedo del viento. Anduvo dentro del anillo que rodeaba la lámpara, sin dejar de mirarla, pues aún dudaba de que todo fuera producto de su imaginación.

Cuando llegó a la cara oculta del fanal, se encontró de frente con la esbelta y pálida figura de una mujer, vestida con un sencillo camisón de lino blanco que le tapaba hasta los tobillos, dejando al descubierto únicamente sus pies descalzos.

¿Quién era esa mujer?, ¿qué hacía allí en mitad de la noche?. Le gritó, pero ella ni siquiera se estremeció. Sara insistía, pero todo era inútil. Al parecer, el estruendo de la tormenta ahogaba su clamor. Decidió acercarse a ella y, tratando de no asustarla, alargó el brazo para tocarle un hombro. Y vio como sus falanges primero y su palma después, atravesaban aquél cuerpo etéreo con pausados movimientos que tan sólo lograban hacer estremecer a Sara. Ésta se apartó, aterrada por segunda vez en su vida y no pudo más que dejarse caer en el suelo, la espalda apoyada contra la pared.

Mientras tanto, la figura continuaba ajena a ella, mirando incansable hacia el horizonte. Y así estuvieron ambas durante lo que para Sara fue una eternidad, hasta que, de repente, la figura se movió. La vio levantar ambos brazos hacia el cielo, echando la cabeza atrás de forma que su negra y ondulada melena se enredó en un torbellino de aire y agua.

Entonces, la espectral silueta bajó lentamente los brazos hasta dejarlos extendidos frente a sí, señalando el horizonte. Sara no podía ver más allá de ella porque todo era oscuridad, espuma blanca y un terrible ciclón que parecía que iba a arrancar el faro de la roca. Decidió levantarse para poder ver el lugar al que la mujer señalaba.

Al principio no vio nada, pero poco a poco fue apareciendo en el horizonte lo que parecía una pequeña embarcación. Ésta fue aumentando de tamaño conforme se acercaba a la roca. Sara caminó ausente hacia la barandilla y, cuando la hubo alcanzado, vio que se trataba de un barco enorme. No era un pesquero, ni tampoco un buque de pasajeros. Era algo distinto, algo que la lluvia que empañaba su vista hacía que le pareciera un bergantín.

En el mismo instante en el que Sara se giró para observar al espectro, éste desapareció sin más, deshaciéndose como lo hace la bruma cuando los rayos del sol se abren paso entre sus vapores. Y se fue, y Sara se quedó allí arriba incapaz de moverse, empapada y aterida de frío. Y cuando miró al mar para ver qué había sido de la embarcación, un escalofrío recorrió su espinazo al advertir con asombro que en el casco de madera aparecía grabado el nombre de “Ulisses”. Entonces éste también desapareció, borrándose en la lejanía.

En ese momento comenzaron a disiparse las nubes, dejando de nuevo a la vista la hermosa bóveda estrellada. Sara elevó su mirada hacia el brillante manto plateado y, entre todos aquellos luceros, volvió a advertir el intenso resplandor de uno de ellos por encima de los demás, como si le hiciera un guiño.

Una lágrima rodó por el rostro de Sara. La primera desde que Jonás se marchara. Y detrás de ella vino otra y muchas más después. En ese instante miró al rutilante astro y con una sonrisa le lanzó un beso de aire a modo de despedida.

(1)  Bufones: huecos en los acantilados por las que bufa el viento y surge impetuoso el mar.