Álvarez, Mª Ángeles – “La crisálida”

Crecer…, desde la base del coxis hasta la cabeza. Tener la sensación de crecer, de alargar la columna, de estirarla como si pretendiera tocar el techo con la coronilla… Ese era mi único objetivo del día, el que marcaba mi maestro de yoga, con su voz suave y su caminar pausado. Y nada más.

En las últimas horas, en los últimos días, mi vida había sufrido tantos cambios, tantos movimientos bruscos, tantas sacudidas, que mi mente era incapaz de asimilar ninguno más. Deseaba vaciarla, alejar de ella la incertidumbre por lo que había de venir, la inseguridad que encierra lo nuevo, la nostalgia por aquello de lo que había decidido desprenderme… Así que crecí y crecí y mi cuerpo se trasformó en materia blanda que obedecía las instrucciones del maestro yóguico, sin rechazo, sin oposición alguna.

Cerré los ojos y respiré, respiré hondo. Y me dejé llevar, me dejé ir…, me abandoné. Y mi mente viajó a otro lugar, uno más cálido, más amable, más liviano. Y allí estaban todos, esperándome, alegres, contentos, con los brazos abiertos.

Vi a Jimena, la mejor de las amigas que cualquier mujer podría tener. También estaba Inés, mi hermana que, aunque ausente, siempre presente, siempre a mi lado. Y Darío, que me miraba con los ojos llenos de un cariño y una dulzura que habían venido a sustituir a la tristeza y la desesperanza de los últimos días. Y mis niños, Patricia y Daniel, tan risueños como siempre, tan vivaces y despiertos que contagiaban a todos los demás. Y también estaba Enrique, esperándome para ofrecerme su amor, su cariño y un lugar junto a él en el que poder refugiarme para siempre…

Me uní a ellos y juntos bailamos, reímos y lloramos. La felicidad se adueñó de nuestras almas y me sentí bien, muy bien, como hacía tiempo que no me sentía…

Pero el sonido producido por las campanillas tibetanas al chocar entre sí, me sacó de ese dulce adormilamiento y me empujó de vuelta a la realidad, a este mundo de contrastes, de colores cálidos y fríos, de luces y sombras, de amaneceres y anocheceres.

Y, mientras caminaba de regreso a casa, acompañada por la luna llena que parecía seguirme como si de mi propia sombra se tratara, recordé que la vida es eso, una enorme caja de colores, unos más hermosos que otros; algunos, incluso, feos, molestos, irritantes. Pero todos necesarios para lograr el equilibrio.

¿Cómo podríamos apreciar la belleza de un amanecer si siempre fuera de día? ¿Cómo disfrutar de la lluvia empapando nuestro rostro, si viviéramos de forma permanente protegidos en un hermoso y confortable palacio de cristal, del que nunca pudiéramos salir? ¿Cómo iba a existir si no la mariposa, sin antes haber sido una desagradable oruga?

Me daba cuenta de que yo acababa de abandonar la seguridad de mi crisálida, para salir afuera, donde reinaba la incertidumbre. Necesitaba hacerlo, debía transformarme o, de lo contrario, habría muerto en ese cálido y seguro capullo de seda.

Había decidido vivir, pese a las dificultades, penas y tristezas del exterior. Porque estaba dispuesta a afrontarlas, a desafiar al mundo con la inagotable esperanza de alcanzar la plena felicidad. Y sabía que lo conseguiría, lo haría. Porque la vida, la real, la que te golpea y a la vez te cura, es demasiado hermosa como para elegir quedarnos dentro de la crisálida, por muy bonita y segura que esta sea.

Hice mi elección y elegí ser mariposa.

Facebooktwittergoogle_pluspinterestmailFacebooktwittergoogle_pluspinterestmail