Álvarez, Mª Ángeles – Caminando sobre un mar de nubes

El frío de la mañana se hizo más implacable en el momento en que alcancé la cima. Pero allí estaba yo, con el Rosenberg a mi izquierda y el grandioso Zirkelstein a mi derecha, rodeado de un océano impenetrable de nubes amenazantes y densas brumas.

Todo ello se hallaba a mis pies, unos pies maltrechos por el lento y duro caminar, recorriendo la pedregosa senda que me había conducido hasta la cumbre. La necesidad de escapar, de huir sin importar lo que dejara atrás, no había sido más que la inevitable consecuencia de la tormenta que se había desatado, sin aviso previo, en mi corazón y que agarraba mi alma hasta ahogarla. Sin remedio, me había convertido en prisionero de mi mismo.

Pero el camino terminaba al filo de aquella roca sobre la que permanecía erguido, apoyado sobre mi bastón, con la arrogancia adquirida a fuerza de lecciones paternas inculcadas desde la cuna. Así que, aunque mi deseo fuera despojarme de mis vestiduras y abandonarme a aquel mar flotante, hasta que mi cuerpo resultara completamente engullido y mi alma pudiera, al fin, liberarse de la pesada carga de reprimir esos sentimientos tan brillantemente ocultos, mi aprendida condición me lo impidió y no pude más que permanecer allí, impávido, admirando la belleza que se esconde tras los elementos salvajes, indómitos, incontrolables.

De haber sido un montaraz, habría saltado al vacío, ligero, sutil, gélido… Entonces, nada habría importado ya, y mi corazón y mi alma podrían haber encontrado la paz, esa paz que proporciona abrir la puerta, desatar los sentimientos y dejarlos hacer, sin miedo a las heridas, propias y ajenas, sin temor a los ultrajes, sin añorar la absolución de los pecados porque, en ese mundo de agua, aire y roca, aquéllo que sentía en lo más profundo de mi corazón no podía ser pecaminoso.

Pero no era más que un hombre, un simple mortal al que las apariencias mantienen preso y la culpa campa a sus anchas en el alma.

Así que debía conformarme con imaginar la deseada profundidad del silencioso abismo que se abría bajo mi cuerpo, ahora velado por las nubes en calma. Porque lo único que me quedaba ya era la posibilidad de regresar, una y otra vez, sobre el feliz recuerdo de Caroline, mi Caroline, aquella tarde carmesí en la que ella contemplaba, serena, por última vez, el sol poniente.

Inspirado en el cuadro de Caspar David Friendric: “El caminante sobre el mar de nubes”

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