Álvarez, Mª Ángeles – Aunque no lo creas

aunque-no-lo-creasJoseph siente como el mar se cuela a borbotones por su garganta, enérgico, salado, decidido a inundarlo hasta que no pueda exhalar el más mínimo aliento. Él no opone resistencia, se deja hacer, se deja irrigar hasta desbordarse. Ya no ama la vida, ya nada le retiene aquí, ya no le quedan ganas de luchar…

Pero despierta y al hacerlo, comprueba que tan sólo ha sido otro delirio nocturno, de esos a los que ya se está acostumbrando, de esos que perturban su sueño cada noche desde hace semanas. Y se siente desolado, amargo porque tan solo es eso, una pesadilla; triste porque quiere morir, pero ni siquiera es capaz de quitarse la vida; desgraciado porque cree haber perdido aquello que le ata a este mundo.

Todo a su alrededor es oscuridad y Joseph está ciego, sordo, mudo. Ciego, para ver más allá de esas cuatro paredes de las que se niega a salir; sordo; para oír que alguien golpea su puerta; mudo, para pedir ayuda y gritar su dolor…

Él piensa que no queda nada por hacer, nada por vivir, nada por sentir… Joseph, sin saberlo, va muriendo poco a poco, porque la vida no solo se puede perder de un golpe, sino que también con pequeños toques, pasos diminutos, acciones imperceptibles de las que ni siquiera él es consciente. Qué ironía: al final, sin darse cuenta, va a conseguir su objetivo.

Pero los golpes en la puerta retumban cada vez con más fuerza, hacen vibrar la madera, las paredes, el suelo bajo sus pies… Joseph se resiste a sentirlo. No obstante, lo que sea que haya al otro lado no renuncia, continúa descargando su ira contra la entrada, tratando de vencer esa resistencia. Joseph no actúa, permanece impávido, ajeno a todo aquel estruendo.

Hasta que eso que intenta entrar logra que los muros se tambaleen, que se resquebrajen y comiencen a desmoronarse sobre Joseph, quien, instintivamente, abre la puerta a fin de no verse sepultado bajo una montaña de escombros. Y cuando lo hace, el ruido cesa, las paredes dejan de temblar, las grietas detienen su atolondrado avance.

La luz que se cuela por la entrada es cegadora y Joseph se da cuenta de que la está percibiendo. El viento penetra en la estancia y Joseph es capaz de oír su leve silbido. Una tormenta de luz, color y frescura lo envuelve, obligándole a moverse, a reaccionar. Le empuja y bambolea como si de una simple marioneta se tratara, y Joseph grita, desgarrando su garganta con un ensordecedor bramido. Se ve forzado a saltar por encima de las ráfagas y salir al exterior, a ese mundo del que se esconde, del que ya no quiere saber nada, porque se siente perdido, abandonado, triste, solo…

Y cuando lo hace, se topa de bruces con quien había estado golpeando su puerta: es la vida, que le está esperando, que no quiere que la abandone, no quiere que se marche. Quiere que sepa que sigue ahí, que puede contar con ella, con sus momentos buenos y sus momentos malos; sus alegrías y sus penas; con todo lo que ella le ofrece: amistad, amor, lucha, felicidad, melancolía, ira, dolor, pasión, dudas, certezas… Vida, al fin y al cabo.

Entonces Joseph es consciente de que lo que creía perdido, está ahí, esperándole, a tan solo un paso. Y siempre ha estado ahí, tan solo tenía que abrir la puerta.

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