Álvarez, Mª Ángeles . “Algo pasa en la casa de enfrente”

ma-angeles-alvarezLa vieja casa del número dos de la Calle Lorca, llevaba deshabitada hasta donde mi memoria alcanza o, al menos, eso creía yo.

Sólo dos ventanas minúsculas y un desgastado portón, con una aldaba en forma de garra, componían su humilde fachada, justo enfrente de mi apartamento, moderno y cálido, que contrastaba con el aspecto de mi vecina del otro lado de la calle, oscura, fría, incluso tétrica.

A veces me sentaba junto a la ventana del salón con una taza de té en la mano y, mientras curioseaba, trataba de suponer qué clase de personas habrían podido habitar antaño un lugar como ese. Probablemente, gente de mal vivir, o alguien a quien no le gustara recibir visitas. Seres huraños, oscos…, sí, así debió ser. Es extraño, pero jamás imaginé en ella a una familia, niños…, personas que se amaban y que formaban un hogar.

Sin embargo, una noche, una de tantas, una suave música me despertó ya casi de madrugada. En ese momento no le di importancia y traté, con éxito, de volver a conciliar el sueño. Pero se repitió de nuevo la noche siguiente y la intriga venció al cansancio, así que anduve por el apartamento buscando el origen de tan agradable melodía.

Al llegar al salón, el sonido se hizo más vivo, más intenso. Los acordes me arrastraron de forma inconsciente hacia la ventana. Entonces la vi: una tenue luz amarilla provenía de la casa de enfrente, esa casa que creía abandonada. Esperé tras la cortina durante al menos treinta minutos, pero no ocurrió nada. La música continuó sonando y la luz permaneció encendida. Los ojos se me cerraban, así que decidí regresar a la cama.

La situación se volvió a repetir durante las tres noches siguientes: la misma música que comenzaba a sonar de madrugada, la luz amarillenta titilando, yo intentando mantenerme despierta… Pero nunca sucedía nada más.

La cuarta noche decidí que debía terminar con aquel asunto que me quitaba el sueño y que comenzaba a obsesionarme y, cuando los primeros acordes resonaron en mi salón, bajé rápidamente a la calle, crucé el asfalto y me acerqué a la ventana donde la luz era más intensa.

Al principio no pude ver mucho, pues el polvo se había instalado en los cristales y ya formaba parte de ellos, como si fueran una sola cosa. Pero me esforcé por encontrar algún hueco entre tanta suciedad y lo logré.

Lo que vi entonces me sorprendió y quedaría grabado para siempre en mi retina: un anciano de pelo canoso, elegantemente vestido, sostenía entre sus manos la fotografía de una mujer joven, morena, delgada, de una gran belleza. Era uno de esos retratos en blanco y negro, anticuado pero con encanto. Y mientras lo asía con delicadeza, bailaba lentamente al compás de la música.

Sus movimientos eran tan suaves y gráciles, que consiguió que imaginara que aquella hermosa mujer estaba allí, de pie junto a él, bailando. Los dos se miraban, y en sus ojos se reflejaba el inmenso amor que sentían y que el paso de los años no había conseguido doblegar.

No recuerdo el tiempo que estuve esa noche en la calle, junto a la ventana, observando emocionada la escena. Tan sólo sé que la música continuó sonando noche tras noche, durante semanas…, tal vez meses, hasta que un día, sin más, cesó. Pero mientras duró, no regresé a la casa porque hubiera sido tanto como invadir un momento único, personal e íntimo de aquél hombre. Un instante que, aun no siendo real, él lo convertía en auténtico pues, por unos minutos, casi volvía a tener a su amor entre sus brazos.

No quise entrometerme en algo tan hermoso, así que decidí que debía volver a casa y que, a partir de entonces, antes de emitir un juicio, esperaría a ver lo que hay detrás de cada fachada.

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