Alcantarilla, Raúl – A las cinco de la tarde

a-las-5-de-la-tardeEl sol brilla en lo alto, el bullicio de hombres y mujeres armados con pesadas armas o intrincados bastones es dueño de la capital del Imperio. Resguardado a la sombra del arco de triunfo a la entrada de la ciudad permanece una figura misteriosa, vestida con ropas de cuero oscuro y dos espadas cortas al cinto. Espera a cierta persona, con la que se encuentra cada día a las cinco de la tarde.

Ella llega a los pocos minutos. Una bella joven de ojos negros y cabello plateado. Su figura, alta y esbelta, se dirige hacia él al trote y le sonríe sin mostrar signo alguno de cansancio. Ambos se saludan lanzándose un beso y, tras preguntarse cómo han pasado su anodina mañana, se adentran en el peligroso Bosque de Edwin para iniciar su rutina diaria.

Ambos se suben a sus caballos, recorren los pedregosos senderos y, tras media hora cabalgando, buscan trabajo en el tablón de anuncios de un puesto fronterizo del imperio. El trabajo les lleva más allá de las líneas enemigas y durante quince minutos recorren un terreno baldío cazando a varios grupos de goblins que pasean por el yermo.

La pareja de combatientes carga contra ellos y, tras una danza de tajos y estocadas, de fintas y contraataques, sus enemigos van cayendo al suelo, derrotados. Tras haber obtenido el botín que buscaban, regresan a sus incansables monturas, cobran su misión, y cabalgan durante varios minutos más en dirección a su lugar secreto: un pequeño claro, cerca de un lago, al que nadie presta atención.

A lo largo de las horas siguientes hablan de cualquier cosa que se les ocurre, observan a los aventureros que regresan presurosos a la capital cargados de oro y materias primas, y disfrutan de la compañía del otro casi sin tocarse. No cenan, ni beben, ni se percatan de las dos lunas color marfil que recorren el cielo nocturno. Hablan, y hablan, y siguen hablando, como si les hipnotizase la presencia del otro. Hasta que, de repente, ella calla, y tras varios segundos afirma que tiene que marcharse.

Pero no se mueve. Sigue sentada sobre la hierba, sin voz, inmóvil hasta que su cuerpo desaparece y el joven queda solo en la oscuridad.

— Ya también debería acostarme —dice entonces, mientras apaga su ordenador y observa en el despertador de su mesilla de noche: apenas quedan quince horas para que pueda volver a ver a su amada.

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