Álvarez, Mª Ángeles – “A mi bisabuelo”

2d265354c579b3dd32b153848adbd37dAmanecía en la prisión de Totana. Juan ya había perdido la cuenta del tiempo que llevaba allí encerrado, en la oscuridad de una húmeda y fría celda a la que apenas tocaban los escasos y tenues rayos de sol, los cuales lograban colarse por el ventanuco horadado en una de sus paredes.

Estaba completamente sólo, y se habría sentido igual de no ser por el dulce canto matutino de una diminuta golondrina que, por alguna extraña razón, había decidido anidar en la única entrada de aire de que disponía aquel maloliente lugar.

Había perdido toda esperanza de sobrevivir y, por ello, se limitaba a dejar que los días transcurrieran, sin más consuelo que el recuerdo de su hermosa familia: una fiel esposa, tres niñas y dos niños, ya jóvenes todos ellos, quienes habían constituido su única razón de ser. Desconocía el destino que aquella situación les había deparado, pero no quería siquiera imaginarlo. Prefería recordarlos tal y como eran antes de que todo empezara.

Ser el repostero del casino de la ciudad le había procurado no sólo un cierto reconocimiento social, sino también la amistad de influyentes personajes a los que, de cualquier otro modo, habría sido imposible llegar. Todos lo trataban con respeto y le hacían merecedor de su más absoluta confianza, algo que a Juan le hacía sentirse honrado.

Pese a todo, era una persona humilde y cercana, en quien los desfavorecidos buscaban ayuda pues sabían que la iban a encontrar. Su generosidad no tenía límites y precisamente esa virtud tan deseable en cualquier ser humano era la que lo había llevado hasta aquella prisión.

Él, que nunca había sido un hombre de política, que siempre se había mantenido ajeno a los tejemanejes que se urdían en los círculos que, por razón de su trabajo, frecuentaba. Sólo por prestar amparo a un inocente le habían condenado de por vida.

El día que el Padre Honorato llamó a su puerta huyendo de la milicia que pretendía fusilarlo, Juan no dudó ni un segundo en ocultarlo bajo la trampilla que había en la despensa de su casa. Allí permaneció durante días, hasta que un vecino resentido por el éxito del repostero los delató.

Y no sólo se llevaron al Padre Honorato, sino que arrancaron a Juan de su hogar y lo empujaron, literalmente, al agujero en el que ahora y para siempre se encontraba. Al menos él había corrido mejor suerte que el fraile, al que fusilaron media hora después de su captura, como el guardia de la prisión se había encargado de transmitirle, no sin cierta malicia y satisfacción en el tono de su voz.

Pero, a veces, envidiaba la suerte de aquel pobre desgraciado. Tal vez fuera mejor estar muerto que vivir con la certeza de que algún día le llegaría su hora y que el guardia vendría a por él para colocarlo de espaldas al muro del patio. Entonces sería acribillado a balazos por el fusil de algún soldado imberbe, al que se las prometieron triunfales y que ahora tenía que cerrar los ojos para cumplir su vil tarea. Ya lo había visto en más ocasiones de las que le gustaría recordar.

Pero lo más difícil de soportar era la duda acerca del destino que habría sufrido su familia. No quería siquiera pensar en ello porque entonces más le valdría estar muerto de verdad.

Hacía tiempo que la tristeza se había instalado cómodamente en él y campaba a sus anchas sin pagar peaje a cambio. Era la dueña y señora de su ser, cuyo espíritu, otrora alegre y resuelto, le había abandonado un buen día para no regresar jamás. Ahora, se limitaba a permanecer sentado en un sucio jergón, escuchando el canto de la golondrina durante el día y el rugido de los motores de los bombarderos que descargaban su incendiaria carga sobre Mazarrón por las noches.

El azul de sus ojos se había tornado gris y su cuerpo era apenas una sombra de lo que fue: un amasijo de huesos sobre los que descansaba suavemente una fina y casi transparente capa de piel. Ni siquiera el bigote que le había conferido porte señorial en otro tiempo y del que tan orgulloso se sentía, lograba salir de su carne. No era más que el dibujo de un mostacho anárquico y raso.

Por eso, cuando la mañana del 1 de abril de 1939 Juan oyó el clamor de una muchedumbre tras los muros de la prisión, pensó que había llegado su hora. Venían, sin duda, a llevarle junto con el resto de prisioneros, ante su verdugo.

Se arrodilló y rezó, y lo hizo con todas sus fuerzas, como nunca antes. Y entonces se arrepintió de haber desechado la vida y haber dejado escapar a su espíritu. Había cometido un suicidio y, como cristiano que era, reconoció su pecado.

Cuando oyó chirriar los cerrojos de las puertas, por primera vez desde que se encontraba allí, sintió miedo: Miedo a morir, a abandonar este mundo, a los suyos, sus sentimientos, sus esperanzas…, incluso a la golondrina que le había acompañado en su encierro. Y lloró, dejando brotar miles de lágrimas de arrepentimiento. Pero era tarde, venían a por él.

En ese instante, una multitud arremolinada penetró entre clamores en la galería de celdas y, una a una, fue abriéndolas, dejando salir a los presos con el grito de ¡Libres, sois libres!, ¡la guerra ha terminado!.

Cuando abrieron la celda de Juan lo encontraron acurrucado en un rincón, rígido de pánico. Se negó a salir, no quería morir. El terror que lo atenazaba le impedía oír las consignas y el anuncio del fin de la contienda. Nadie fue capaz de convencerlo, hasta que un individuo que reconoció en él al repostero del casino hizo que corriera la voz.

Entonces, Juan creyó que había muerto ya y se encontraba ante su creador, porque la luz que llevó consigo su hija mayor, Isabel, cuando traspasó el umbral de lo que había sido la morada de su padre durante casi dos años, no podría encontrarla más que en el Cielo.

Fueron necesarias multitud de dulces palabras pronunciadas por la temblorosa voz de su hija para persuadirle de que todo aquello era real, de que estaba vivo y regresaba a casa con su familia. Todos le esperaban fuera.

Isabel consiguió sacarlo de allí y cuando los cálidos rayos del sol de primavera tocaron los ojos de Juan, éstos recuperaron su color original y le permitieron entender que nunca debió renunciar a la esperanza, porque es lo único que mantiene vivo a un hombre. Y si la paz hubiera tardado un poco más en llegar, él se habría abandonado por completo y, entonces, sí lo habría perdido todo.