119. Mujeres que compran flores – Vanessa Montfort – 12 de mayo de 2017

Crónica realizada por: Pilar Pérez Lampaya.

Doce de mayo de 2017, a las 20h. En El Libro Durmiente (ELD) tenemos una cita con las flores y con la escritora Vanessa Montfort.

Presentan la actividad: Lilia Gª Chiavassa y Ramón Sanchis. 

Ocho menos cinco de un mes muy apropiado para nuestro encuentro con la escritora del libro Mujeres que compran flores.

Entré en el Centro Imaginalia con gran expectación. Saludé a dos compañeras, pero mis ojos buscaban a la protagonista de la tarde. Allí estaba, de pie, elegante, con una falda de tubo y sus tacones altos, conversando a la espera del inicio de su presentación. Un cortés hola salió de nuestra boca, para luego susurrar entre nosotras: “Es ella.”

Pasaron unos minutos… minutos larguísimos por culpa de nuestra impaciencia, hasta que las puertas se abrieron dando paso a la gran sala. Enseguida se fueron ocupando los asientos, llenando una fila y luego otra hasta completar el aforo del local.

Con paso sereno, su figura fue avanzando hasta la mesa central adornada por una flor.

El inicio del acto comenzó con la lectura de su biografía. Mientras nuestros oídos escuchaban atentos sus logros como escritora y dramaturga, nuestra mirada se fijaba en cómo su mano alzaba la copa para beber agua. Vanessa se preparaba para una conversación larga y amena que duraría toda la velada. Fue un encuentro sencillo con sus lectores, donde nos ofreció una imagen serena de si misma. Aquella discreta sala “del libro despierto”, tal como nos llamó cariñosamente, se convirtió en un refugio, en un lugar distendido para hablar, al igual que ocurre en El Jardín del Ángel, centro de reunión de los protagonistas de la obra.

 Así, sin más preámbulos y con exquisitez, Ramón abrió el debate sobre Mujeres que compran flores.

Las primeras preguntas giraron en torno al título y tema de la novela. Por su título podemos pensar que es una novela escrita para mujeres. Sin embargo, Vanessa desmintió esta idea con rapidez, mirando a los hombres de la sala. Con una carcajada nos confesó que muchos compañeros y amigos que han leído su novela le han llegado a preguntar algo alarmados: “¿Realmente las mujeres estáis así?”.

Yo añado con otra sonrisa: ¿así de mal?

Desde esta óptica, el libro podría verse como un tirón de orejas hacia el sexo femenino. Ella, colocándose su flequillo hacia un lado, nos comentó que sólo ha querido reflejar lo que ocurre en nuestra sociedad, sin pretender hacer un estudio psicológico sobre la mujer. Entre risas nos confesaba que le gusta hablar de revolución femenina, refiriéndose a la relación especial que se establece entre las mujeres del mismo sexo. No cree en la amistad cromosómica, dijo, pero sí en la capacidad empática de éstas, porque muchas veces los cambios vitales que experimentan se contagian a las demás. A mi mente viene entonces la idea de que los casamientos, nacimientos e incluso separaciones vienen bastante unidos dentro un mismo grupo de amigas.

Hubo en la sala un cambio de tono cuando se escuchó una dulce melodía que llegaba de la sala de al lado. Fue oportuno y gratificante escuchar el sonido del piano junto a la voz de Vanessa. La música quiso acompañar a las protagonistas de la historia: Marina, Olivia, Gala, Casandra, Aurora y Victoria, mientras su creadora las describía.

Terminado este “momento piano” que nos proporciono la pieza de River flows in you, Vanessa nos habló de cómo surgió el embrión de su obra.

Esperó unos segundos, mientras colocaba su flequillo con el dedo, atrayendo nuestra atención. El origen del libro —comenzó diciendo—estuvo en una travesía de quince días que realicé hace años, partiendo de aquí, del puerto de Alicante.

En el mar, el tiempo se desdoblaba y aunque prometí no escribir, transcurridos unos días tuve que dar voz a un personaje que parecía salir de mis entrañas. Al final, mis amigos me compraron una libreta en un puerto cercano, cansados de verme escribir en cualquier papel que encontraba por el velero…

Terminado el viaje, decidí guardar mis apuntes varios años, sabiendo que no iba a ser bien recibido por mi editorial. Su risa llenó la sala nuevamente, al comentarnos que ahora ya va por la octava edición; bonita paradoja.

Así fue como surgió su primera parte de la obra, la que transcurre en el mar Mediterráneo. La otra parte, se desarrolla en tierra firme, en El Jardín del Ángel, y se iría tejiendo en los años siguientes, a la par que su traslado al madrileño barrio de las Letras.

Hubo una pregunta que generó cierta controversia.

Los lectores de Mujeres que compran flores podemos sentir que puede tratarse de una obra de autoayuda, porque recoge con especial sensibilidad la psicología de las mujeres. Vanessa, entre miradas y cruce de piernas, insistía en que no busca cambiar a nadie con sus obras, por tanto, no están escritas bajo esa visión.

 Literalmente nos explicaba: “Mi compromiso es con la literatura; el escritor no puede hacer nada a priori, si un lector cambia es porque algo le ha impactado, pero el cambio lo realiza el propio lector. Lo más importante y lo que busco es emocionar, esto es, generar emociones como el terror, el amor o la angustia” —reflexionaba Vanessa en voz alta, afirmando que las emociones son las encargadas de grabar la información en el cerebro—. “De tal forma, representan la única forma posible para lograr que las obras sean inmortales, de igual manera que ocurre con las personas… Yo quiero que esto no se olvide, que esto se grabe bien. Yo tengo mensajes de índole social que quiero que se graben”.

Y así, cada pregunta se iba entrelazando con otra, como la hiedra fresca que invade poco a poco el muro. Del mismo modo, nuestra admiración hacia Vanessa fue creciendo, viéndola como una  elegante escritora de gran capacidad creativa; una escritora que se define a sí misma como una mujer moderna que padece el síndrome de la superwoman, y que, gracias a la meditación, descubierta hace unos años, dice que se encuentra a salvo del síndrome.

Debemos señalar que la última parte de la presentación giró en torno al cartel que cuelga de la floristería: “No dejes de soñar”. De una manera muy real aparecía ante el público, a través de las distintas fotografías proyectadas al fondo de la sala.

Según Vanessa, y creo que también lo compartimos muchos, las metas, los propósitos, las ideas y todo aquello que imagina nuestra mente se puede alcanzar si lo soñamos antes con fuerza. Pero soñar implica cambio, implica huir de nuestros temores para poder lograr la felicidad. El sueño de nuestra protagonista, nos confesó, era ser escritora. Y desde los seis años sus juegos ya iban afirmando su profecía: escribía cuentos, cosía las hojas para encuadernarlos, les hacía portadas, e incluso, a veces, los duplicaba a mano para poder regalarlos.

Girando su cabeza con complicidad hacia Ramón le confesó que hacía poco había encontrado tres de estos cuentos de su niñez dedicados a Nueva York.

Y llegado ya el momento final, una elegante Vanessa, de manos estilizadas por el carmín rojo de sus uñas, fue recogiendo la vela de su velero. Aquel acto, sin quererlo, iba llegando a puerto.

Y para poder despedirla como se merece, me remito a la querida protagonista de su libro: Olivia. Ella la compara con una Mary Poppins actual. Y yo me atrevo a utilizar un pasaje descriptivo sobre Olivia para definir a su creadora Vanessa Montfort, que al igual que Olivia, “llevaba el pelo recogido en un moño alto y poco fabricado de color mandarina..”, que le daba el aspecto de ser una mujer organizada, exigente consigo misma, amante de las palabras y, sobretodo, reflexiva y observadora de la sociedad.

Con un aplauso emocionado se cerró oficialmente el acto, que fue acompañado de la entrega de un ramo de flores a nuestra escritora: rosas amarillas.

A continuación se relajó en su asiento, volvió a beber agua y se entregó a firmar dedicatorias de su libro.

Con un libro firmado y una flor en la mano, mis compañeras y yo nos fuimos entusiasmadas.

Muchísimas gracias Vanessa, a ti y a El Libro durmiente, por traerte a estas tierras levantinas. Mil gracias, de corazón.

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